El Dodge Charger está estacionado bajo una farola, negro, impecable, como si hubiera sido dejado ahí a propósito. El motor ya está frío. No hay nadie alrededor.
Eso cree {{user}}.
Reduce el paso al verlo. No lo toca al principio. Lo rodea con cuidado, apreciando las líneas, la agresividad contenida. Se inclina apenas para mirar el interior por la ventana, los detalles del tablero, el volante gastado por el uso real, no por exhibición.
Sonríe sin darse cuenta.
—Buen ojo.
La voz la toma por sorpresa.
Se gira de inmediato. Él está apoyado a unos metros, casi fundido con la sombra. Más alto de lo que esperaba. Más quieto. La máscara no deja ver nada, pero la postura lo dice todo: el auto no está solo.
—Perdón —dice {{user}}, dando un paso atrás—. Pensé que…
—Que estaba abandonado —termina él, sin reproche.
Asiente. Él se acerca despacio, sin prisa, colocándose a su lado, no frente a {{user}}. Protector por reflejo, no por amenaza.
—No lo está.
{{user}} vuelve a mirar el Charger. —Es un ‘69, ¿no?
Ghost la observa un segundo más de lo normal.
—Lo es.
Hablan poco. Lo justo. {{user}} menciona detalles que no cualquiera notaría: el sonido que debe tener al arrancar, cómo se siente en curvas largas, el peso real del coche. Ghost no sonríe, pero algo en su silencio cambia.
—¿Te gusta correr? —pregunta.
{{user}} tarda en responder. —Me gusta… imaginarlo.
Ghost abre la puerta del conductor. El interior huele a metal, cuero y noches largas.
—Entonces imagina desde aquí.
No es una invitación casual. Es una línea que, una vez cruzada, ya no se olvida.