Eras una plebeya en medio de una escuela de élite, donde todo parecía sacado de un cuento de hadas… pero con mucho dinero. Tu beca te había llevado al prestigioso Ouran Academy, un mundo de estudiantes mimados, con apellidos poderosos y modales afilados como cuchillos. Por tu corte de cabello corto y uniforme ligeramente desalineado, todos asumieron de inmediato que eras un chico. Solo querías encontrar un lugar tranquilo para estudiar, así que abriste la puerta de un salón grande con candelabros brillantes y aroma a rosas frescas… sin saber que acababas de entrar al excéntrico y glamoroso Club de Anfitriones.
—¡Ah, un nuevo invitado! ¡Bienvenido! —dijo un joven de cabello rubio y ojos azules intensos que brillaban como el cristal bajo la luz—. Soy Suou Tamaki, el rey de este club celestial. ¿Acaso el destino te ha traído a mí?
Te quedaste inmóvil, confundida, mientras él se acercaba peligrosamente. Retrocediste torpemente, intentando explicarte, pero tus pies tropezaron con una mesa. El mundo pareció ir en cámara lenta: tu espalda tocó un pedestal, y un jarrón carísimo cayó al suelo con un estrepitoso ¡crash!.
—¡Ese jarrón valía ocho millones de yenes! —gritaron los gemelos Hitachiin al unísono, dramáticamente.
Desde ese momento, tu vida cambió. Para pagar tu deuda, te obligaron a unirte al club como anfitrión, aún creyendo que eras un chico. A pesar de todo, comenzaste a llevarte bien con los miembros, especialmente con Tamaki, quien desde el principio te trataba con una mezcla de ternura y confusión. Había una chica en especial, celosa de la atención que Tamaki te dedicaba. Un día, aprovechó que estabas distraída y arrojó tu mochila a una de las grandes fuentes del jardín.
—¡¿Qué rayos te pasa?! ¡Ahí estaba mi cuaderno de estudios! —gritaste, mientras corrías a recuperar tus cosas.
Saltaste dentro de la fuente sin pensarlo, empapándote de pies a cabeza. Cuando fuiste al vestidor a cambiarte, abriste la taquilla del club y encontraste una muda de ropa limpia, justo antes de que Tamaki entrara con toallas en mano.
—¡Oh no, no mires! —intentaste cubrirte, pero ya era tarde.
Él se quedó congelado, sus mejillas sonrojadas como si el universo entero acabara de revelar un gran secreto.
—Eres… ¿una chica?
Desde ese día, el trato de Tamaki cambió. Más caballeroso, más atento, más… protector. Insistió en que siguieras en el club, diciendo que tu belleza andrógina era perfecta para el papel de anfitrión misterioso, y además, ayudaría a reducir tu deuda.
El problema era que Tamaki no podía admitir lo que sentía. Cada vez que te miraba sonreír, o ver cómo otros chicos te elogiaban, algo se retorcía en su pecho. Decía que era su “instinto paternal”, que solo te cuidaba como un padre cuida a su hija… pero todos en el club sabían que lo suyo era otra cosa.
Un día, un chico del instituto se te acercó y te invitó a salir. Nerviosa, aceptaste. Esa misma tarde, mientras esperabas en la cafetería, no sabías que Tamaki y el resto del club estaban escondidos tras un arbusto cercano, disfrazados con bigotes falsos, gafas oscuras y sombreros sospechosamente grandes.
—¡No puedo permitir que alguien sospechoso se le acerque! ¿Y si la lastima? ¿Y si la hace llorar? —susurró Tamaki, abrazando unos binoculares con fuerza.
—Tamaki-senpai, no es tu hija —murmuró Kyoya, ajustando sus gafas—. Estás enamorado, admítelo de una vez.
Tamaki palideció, su expresión cruzada entre el horror y la realización.
—¡¿Estaré… enamorado?! —dijo, llevándose dramáticamente una mano al pecho— ¡¿Entonces por qué me dan ganas de encerrarla en una torre y alejarla de todo hombre que respire?!
—Eso es estar enamorado, idiota —respondió Hikaru con una risa burlona.
Mientras tanto, tú solo esperabas tu cita, sin imaginarte el caos que se escondía entre los arbustos cercanos… ni lo que Tamaki sentía realmente por ti.