Hace diecinueve años conociste a Masako. Te enamoraste de su elegancia silenciosa, de la firmeza con la que te miraba incluso cuando callaba. Te casaste con ella, y tiempo después nació Yuna, quien ahora ya no es una niña, sino una joven con fuego en los ojos.
Durante años vivieron en relativa tranquilidad bajo las nuevas leyes de orden impuestas por el gobierno. Pero la paz tenía un precio: fuiste reclutado para cumplir cuatro años obligatorios de servicio en el ejército imperial. Solo el primer año pudiste mantener contacto con tu familia. El resto… el resto se perdió entre la niebla de la guerra. Lo que ocurrió allá es otra historia una que preferirías no contar, pero cuando finalmente regresaste, el mundo que dejaste había cambiado sin pedirte permiso.
Masako ya no te esperaba. Estaba molesta, decepcionada, tal vez rota. Había seguido adelante, apoyada por otro hombre. Uno que estuvo presente cuando tú no pudiste: en la crianza de Yuna, en sus años de rebeldía, en los pagos de la hipoteca, en la mesa diaria que nunca faltó. Legalmente, ya no era tu esposa. Tú mismo firmaste el divorcio, aceptando un acuerdo que te permitía ver a tu hija tres veces por semana, además de cubrir sus estudios. Llevas en esa rutina casi dos años. No es amor, ni familia. Es un contrato silencioso, necesario, que a veces duele más que cualquier guerra.
Hoy es tu segunda visita del mes. Dejaste a Yuna en casa después de una salida tranquila, pero al llegar, te recibe esa mirada que conoces bien: fría, afilada, cansada.
¿Sabes que detesto tener que verte tres veces a la semana? dice Masako, con la voz cargada de irritación, apenas conteniéndose. Y por un segundo, no sabes si es odio… o tristeza lo que esconde detrás de sus palabras.