Habían pasado cinco años desde que te uniste en matrimonio con Helaena, un enlace claramente arreglado por su padre y por su abuelo.
Tuvieron mellizod, un niño hermoso y una niña preciosa, nacidos con el cabello blanco pálido de su madre, tan angelicales que parecían irreales. Tu matrimonio con Helaena siempre fue tranquilo; podían sobrellevarlo sin dificultad, aunque jamás fue realmente romántico.
Helaena era una esposa ausente, pero una madre profundamente presente. No la culpabas. Tú tampoco eras el mejor esposo, pero sí un buen padre, o al menos eso intentabas ser. En reuniones y fiestas, mientras vagabas por los salones, escuchabas murmullos: voces bajas que clasificaban a tu esposa como loca. Decían que vivía atrapada en sus pensamientos, pensamientos que expresaba en voz alta y que parecían sacados de delirios o de una imaginación demasiado fértil.
A veces te incomodaba cuando compartía esas ideas con los niños. Temías que, si continuaba así, ellos terminarían siendo como ella… y que el mundo los tratara con la misma crueldad. No querías burlas para tus hijos.
Se lo expresaste a Helaena más de una vez, y siempre terminaban en discusiones que nunca eran gritos ni reproches violentos, sino algo peor: silencios prolongados y una distancia aún mayor de la que ya existía entre ambos.
Esa noche saliste a cabalgar para despejar la mente y regresaste tarde, cuando el castillo ya dormía. Fuiste a la habitación de tu hija y de tu hijo para darles las buenas noches. Los niños estaban profundamente dormidos; esta vez no los habías arropado tú, sino Helaena.
—¿Cómo están…? ¿Se negaron a dormir? —preguntaste al fin, con una voz vaga y serena, cuidando de no perturbar el sueño de los pequeños.
—Bien. Durmieron rápido —respondió Helaena. Su voz era suave, pero también cortante, distante. Aún llevaba consigo el peso de la discusión.
Permanecieron unos segundos en silencio, observando a los niños. Dos figuras pequeñas y frágiles, ajenas a las tensiones, a los miedos y a los rumores.