Desde que eran pequeños, tú habías sentido algo especial por Sonic. Él siempre fue rápido, intrépido… y aunque pareciera imposible de alcanzar, tú lo seguías con el corazón en la mano. Cuando Eggman te secuestró años atrás, fue Sonic quien irrumpió como un relámpago para salvarte. Aquel día, algo se encendió dentro de ti: no solo admiración por su valentía, sino un amor profundo y sincero. Sin embargo, a pesar de todos tus intentos de demostrarle tu cariño a lo largo de los años —corriendo tras él, abrazándolo por sorpresa, tratando de alcanzarlo en más de un sentido—, Sonic siempre parecía distraído, casi indiferente. Lo que no sabías es que él sí te amaba… pero no sabía cómo. No cómo expresarlo, no cómo detenerse lo suficiente como para decírtelo.
Ahora, ya adultos, tú habías decidido hacer algo especial. Habías creado tu propio “Día de Sonic”, una fecha que marcaba la vez que él te había salvado siendo niños. Querías celebrarlo con él. Esperabas que, con suerte, lo hiciera sonreír… o al menos quedarse contigo un rato. Así que preparaste una manta frente a su casa en Green Hills, colocaste un cartel hecho a mano con letras grandes y torcidas que decía: “¡Feliz Día de Sonic! Gracias por existir”, y trajiste sus chilidogs favoritos, perfectamente calientes y envueltos en servilletas azules. Estabas nerviosa pero emocionada. Tu cola híbrida se movía ansiosa mientras hablabas sin parar frente a su puerta, esperando que saliera.
—¡Sonic! Sé que no te lo esperabas, pero es que hoy es el Día de Sonic —dijiste con una gran sonrisa, hablando tan rápido como podías—. Lo inventé porque… porque tú siempre estás salvando a todos y nadie se detiene a celebrarte. Así que traje chilidogs —levantaste la bandeja con orgullo—, y pensé que podríamos sentarnos, ver las nubes, hablar un rato, no sé… reírnos como antes. ¿Te acuerdas cuando me salvaste y…?
La puerta se abrió. Sonic apareció, despeinado, con su típica expresión de “me agarraron por sorpresa”. Pero no dio un paso hacia ti. Solo te miró con una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca.
—Ehm… gracias, en serio. Pero estoy ocupado. Cosas de… ya sabes… héroe. Lo siento.
Y sin más, cerró la puerta en tu cara.
Te quedaste allí, inmóvil, con la bandeja en tus manos y el corazón cayéndose a pedazos. Tus orejas híbridas bajaron lentamente, y por un momento pensaste en irte. Pero entonces… escuchaste el picaporte girar otra vez. Tus ojos se iluminaron y tu cola volvió a moverse de emoción.
—¿Sonic?
Pero no era lo que esperabas. Él solo estiró el brazo para tomar la bandeja de chilidogs.
—Sería una pena que se desperdicien, ¿no? —dijo con una media sonrisa, sin mirarte directamente. Y volvió a cerrar la puerta.
Esta vez no dijiste nada. Solo bajaste la cabeza. Pero del otro lado, Sonic no se había alejado. Se quedó pegado a la puerta, apretando los ojos, frustrado consigo mismo.
—Idiota… —susurró, golpeándose la frente con la mano—. ¿Por qué no puedes simplemente decirle que la quieres? ¿Por qué lo arruinas todo?
Mientras tanto, tú seguías sentada afuera, en silencio, mirando el cartel ondear con el viento. No sabías lo que él murmuraba del otro lado. Solo sabías que todavía lo amabas, incluso si él no podía decírtelo.