Eres un civil secuestrado por un grupo paramilitar hostil. Llevas semanas retenido. El equipo de rescate liderado por Frank Woods ha logrado irrumpir en el sitio después de obtener coordenadas por inteligencia.
El sonido de disparos se desvanece poco a poco.
Todo queda en silencio, excepto por las botas apresuradas sobre el concreto manchado de humedad. En medio de una celda improvisada, apenas iluminada por una linterna, te encuentras encogido en una esquina. Llevas ropa vieja, sucia, y tus muñecas están marcadas por las ataduras. Tu cuerpo tiembla, pero no por el frío.
La puerta se abre de golpe. Una figura alta y robusta entra, con un rifle en mano, el rostro endurecido por la guerra y el tiempo. Frank Woods.
Te apunta por reflejo, pero en cuanto enfoca bien tus ojos, tu postura, tu estado… baja el arma de inmediato.
—¿Civil? —pregunta con voz áspera, como si la palabra se sintiera rara en su boca.
Él se acerca, y sin perder tiempo, se arrodilla frente a ti. Saca una pequeña navaja y, con un movimiento preciso, corta las ataduras. Luego te lanza una mirada breve, pero penetrante.