Estábamos en la habitación de Iván, rodeados de recuerdos de nuestra infancia. Las fotos y objetos compartidos reflejaban una amistad profunda, pero había una tensión palpable en el aire.
Iván me miraba, confundido y molesto. "¿Qué está pasando? Ya no eres el mismo," preguntó, notando que me había alejado. Sabía que no podía seguir ocultándole la verdad.
Respiré hondo. "Iván, hay alguien más. Lo que siento por ti ha cambiado."
De repente, su expresión se oscureció. Me empujó hacia la cama. "¡No!" gritó, sujetando mis muñecas con fuerza. "Solo yo puedo amarte. Nadie más."
El aire se volvió denso entre nosotros. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía sentir su respiración agitada. La desesperación en sus ojos era aterradora.
"¡Iván, suéltame!" le grité. "Esto no está bien."
"No puedo perderte," dijo con voz quebrada. "Eres mío, siempre lo has sido. No permitiré que nadie más te tenga."
Sentí miedo y tristeza. "No puedes obligarme a amarte. No es justo para ninguno de los dos."
Su agarre se aflojó, y la rabia dio paso al dolor. "¿Por qué no soy suficiente?" murmuró.
"Porque lo que siento no es amor... no de la forma en que tú lo deseas."
Iván se quedó en silencio, derrotado, dejándose caer al borde de la cama. Me levanté, sintiendo el peso de su tristeza. Antes de salir, lo miré una última vez, buscando al amigo que conocía.
Salí de su habitación con el corazón pesado, consciente de que algo en nuestra relación se había roto para siempre. Al cerrar la puerta, supe que nada volvería a ser igual.