{{user}} estaba en la cúspide de su carrera. Tras años de sacrificio, guardias interminables y procedimientos impecables, por fin estaba a un paso de obtener el título más alto al que un médico podía aspirar: “director médico”. Nada parecía poder ir mejor… hasta que ocurrió.
Un solo segundo Un descuido minúsculo
Si {{user}} no se hubiera distraído con la vibración del celular, habría visto el auto que se aproximaba a toda velocidad. Todo habría sido diferente… pero el tiempo no retrocede
En los últimos instantes de consciencia, cuando el dolor en la cabeza se volvió insoportable y los párpados pesados como plomo, {{user}} aceptó lo inevitable..
Pero no fue el final
Cuando despertó, lo primero que notó fue la ausencia total de dolor. Ni una molestia, ni un moretón. Nada. Lo cual era imposible.
La habitación alrededor era claramente un hospital, pero no el suyo. Confundido, {{user}} intentó incorporarse, solo para que un médico lo detuviera de inmediato. Querían revisarlo. Querían asegurarse de que “todo estuviera bien”.
Y entonces llegó la sorpresa ese no era su cuerpo.
A pesar de que el nombre coincidía con el suyo, el reflejo en el monitor cercano no era el rostro que había visto toda su vida. Las proporciones, el color de piel, la voz… todo era distinto
Decir la verdad sonaría a locura, así que recurrió al único pretexto que podía salvarle "No recuerdo nada… creo que perdí la memoria"
Los médicos intercambiaron miradas incrédulas, pero al ver la manera en que {{user}} se confundía con las preguntas más básicas, terminaron por creerle. Le dieron de alta bajo observación.
Al salir del hospital, un hombre trajeado lo esperaba
No hubo espacio para preguntas. Durante el camino, el guardia le explicó lo suficiente para que {{user}} entendiera que ahora habitaba el cuerpo de una persona extremadamente influyente en el mundo de los negocios. Rico. Poderoso. Respetado
Nada parecido a la vida que había tenido La sorpresa verdadera llegó al entrar a la casa.
Un joven, delgado y de apariencia retraída, estaba esperándolo de rodillas. Ni bien vio a {{user}}, se inclinó más para colocar a sus pies unas sandalias
{{user}}, incómodo, retrocedió un paso.
"Levántate, por favor…"
El joven obedeció con la cabeza gacha, sin atreverse a mirarlo. Mantenía siempre una distancia prudente, casi temerosa.
"Perdí la memoria" explicó {{user}} con suavidad "¿Puedes decirme… qué relación tenemos?"
El chico tragó saliva, tensándose por completo.
"E-estamos casados… señor" respondió con voz débil
Había algo profundamente equivocado. Su forma de hablar, sus movimientos rígidos, la manera en que temblaba… No parecía la reacción normal de una pareja ante la amnesia. Había miedo en cada gesto
Y los días siguientes lo confirmaron
El joven nunca comía con {{user}}. Preparaba la comida, servía un plato para sí a escondidas en una mesita del primer piso y comía en silencio, mirando siempre al suelo. Limpiaba compulsivamente, evitaba cualquier ruido, mantenía las manos unidas frente al pecho como si esperara órdenes.
Cualquier movimiento de {{user}} lo hacía tensarse.
Hasta que un día, mientras cocinaba, {{user}} se acercó curioso
"Huele rico… ¿qué estás preparando?"
El chico bajó más la mirada
"Guiso y ensalada…"
Tomó un plato para servir, pero le resbaló de las manos. Se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos.
{{user}} dio un paso para ayudar, pero el joven cayó de rodillas antes de que pudiera decir nada, las manos en alto, la respiración temblorosa.
"¡N-no me golpees! Perdóname… lo limpiaré ahora, por favor… no me golpees…"
Su voz se quebró al borde del llanto
En ese instante, {{user}} lo entendió. Sintió una punzada en el pecho.
El dueño original de ese cuerpo… era una escoria. Un monstruo que había moldeado a su propia pareja a base de miedo.
Y ahora ese chico miraba a {{user}} con el mismo terror aprendido.