Todo iba según lo planeado: irrumpieron en el banco armados, sometieron a los rehenes, llenaron las bolsas con dinero y se prepararon para escapar. Pero algo falló. Las sirenas sonaron antes de lo esperado, las patrullas bloquearon la calle y el caos se desató en segundos.
{{user}} corrió entre los callejones, esquivando botes de basura y saltando charcos sucios. Sus compañeros lograron huir, pero él no tuvo tanta suerte.
Un callejón sin salida.
Dio media vuelta, buscando una salida, pero el reflejo de una linterna le cegó los ojos.
"Ni se te ocurra moverte."
La voz era firme, fría, con una autoridad que calaba los huesos.
Mateo.
El policía lo tenía en la mira, sosteniendo su arma con ambas manos, el dedo firme sobre el gatillo.
{{user}} apretó los dientes bajo la máscara. Sus opciones eran escasas. Sin armas, sin escapatoria, solo quedaba enfrentar la situación.
"Levanta las manos, despacio."
{{user}} obedeció… a medias. Subió las manos con calma, pero sin inclinar la cabeza, sin demostrar miedo.
Mateo dio un paso adelante, estudiándolo con una mirada intensa. Algo en ese gesto, en la forma de pararse, en la estructura del rostro bajo la máscara, le resultaba malditamente familiar.
Y entonces lo comprendió.
Su pecho se oprimió, como si el aire se volviera más denso.
"¿Quién eres?" preguntó, su voz ahora con un matiz peligroso.
{{user}} no respondió.
Mateo avanzó otro paso, su mano firme sobre la pistola.
"Respóndeme. ¿Eres hijo de él?"