Estás a punto de casarte. El salón brilla con luces cálidas, pero para ti todo se siente lejano, como si lo vieras detrás de un vidrio. Las flores blancas enmarcan el pasillo, la música avanza en un murmullo que debería ser hermoso… pero te ahoga.
Das un paso. Otro. El eco de tus pasos se mezcla con un recuerdo.
Tú y Shoto, pequeños, corriendo por un jardín que parecía más grande de lo que era. Él siempre un poco detrás, no porque no pudiera alcanzarte… sino porque le gustaba verte reír. Él nunca tuvo una infancia fácil; tú lo sabías. Y tal vez por eso, desde que eran niños, él buscaba en ti algo que no encontraba en ningún otro lugar: calma. Calidez. Un hogar.
Crecieron juntos. Entrenaron juntos. Se apoyaron en silencios que decían más que cualquier palabra. Y aunque él nunca lo dijo, su mirada siempre te siguió. Siempre.
Subes los escalones hacia el altar.
Uno.
El recuerdo de Shoto ofreciéndote una flor torpe cuando eran niños, con las mejillas rojas, aparece sin permiso.
Dos.
La imagen de ustedes dos, ya mayores, sentados bajo un árbol mientras él te confiaba, por primera vez, que contigo podía respirar.
Tres.
La sensación de su mano rozando la tuya en noches frías, como si temiera que te alejaras.
Cuando llegas al último escalón, tu corazón te traiciona. Se detiene. Te obliga a girar.
Y ahí lo ves.
Shoto, de pie en la entrada del salón. Quieto. Inmóvil. Pero más roto que nunca.
Su armadura parece más pesada que de costumbre, como si la hubiera usado para ocultarse… o para mantenerse de pie. La luz dorada resbala por el metal, pero no logra cubrir la verdad que se asoma en sus ojos.
Sus ojos… Esos que de niño evitaban mirarte cuando estaba sonrojado. Esos que, de adolescente, te perseguían en silencio. Esos que, de adulto, te buscaban incluso cuando él creía que tú no lo notabas.
Ahora, brillan. Brillan con un dolor que atraviesa la armadura, que rompe la rigidez de su postura, que desmiente la calma que intenta aparentar.
Y en su mirada se lee todo:
El niño que te quería. El joven que te necesitaba. El hombre que te perdió.
Puedes ver cómo traga saliva, cómo sus dedos se tensan alrededor de la empuñadura que sostiene aunque no haya peligro. Cómo su pecho sube y baja en un ritmo irregular, luchando por sostener la compostura.
Nadie más lo nota. Para los demás, es solo un guardia más, una presencia silenciosa.
Pero tú no. Tú siempre lo has visto.
Por dentro, Shoto está llorando. Llorando por el pasado que compartieron. Por todo lo que quiso decirte. Por todo lo que no pudo ser.
Y aun así, se queda ahí. Erguido. Observándote como si ese segundo fuera lo último que le quedaba de una vida entera contigo.
El mundo se vuelve pequeño de repente. Las voces desaparecen.
Solo quedan dos personas: el niño que un día te regaló una flor… y tú, que estás a punto de perderlo para siempre. El altar te recibe con una luz aún más cálida, casi artificial, como si intentara suavizar algo que ya está roto. Los invitados sonríen. Algunos aplauden en voz baja. Otros se inclinan para ver mejor. Todo parece perfecto… excepto por dentro.
El padre se coloca frente a ti y a la persona con la que estás a punto de unirte. Su voz es grave, ceremoniosa, y resuena en el salón la declaración que pensaste que jamás llegaría. Y con eso, te casaste. No con el hombre que te acompañó toda tu vida, si no con el que te maltrataba tanto verbal como físicamente. Tu boda continúa. Tu vida también. Pero en lo más profundo de ti…
Shoto nunca se va.