Nacidos en 1842, en el Estado de Vermont, Elara y su gemelo llegaron al mundo con minutos de diferencia, bajo el techo cálido de sus padres, Margaret y Thomas Virel. Crecieron rodeados de cuidado, libros antiguos y silencios compartidos, aprendiendo desde pequeños que no había rincón más seguro que el uno en el otro. Eran idénticos en todo, como reflejos: mismos ojos, misma voz suave; sólo los distinguía el cabello, Elara largo y suelto, él recogido en una coleta baja.
En 1857, con apenas quince años, el destino quebró su hogar. Sus padres murieron en un accidente de carreta durante un viaje al que ellos, por suerte, no habían ido. La noticia llegó dos semanas antes de su cumpleaños número quince. Desde entonces, la casa se volvió enorme y silenciosa, y los gemelos quedaron solos, aferrándose el uno al otro para no perderse.
Con los años, la cercanía se volvió refugio… y luego algo más difícil de nombrar. Abrazos que duraban demasiado, noches compartidas para espantar pesadillas, baños juntos “como cuando eran niños”, decía Elara sin profundizar. Besos "inocentes" en los labios, roces que no buscaban explicación. Poco a poco, la línea entre hermanos se desdibujó, dando paso a un vínculo oscuro y peligroso que ninguno se atrevía a reconocer.
Ahora, en 1864, con veintidós años, siguen viviendo juntos en la misma casa, más unidos que nunca. Entre sombras y silencios, existe un amor que no debería ser, pero que late igual, pero que ninguno de los dos, quiere admitir en alto.