Aún no quería regresar a Desembarco del Rey y no estaba tan mal ser el escudero pequeño de Ser Duncan El Alto. Además, me sentía seguro contigo, eras como una figura paterna para mí al igual que Dunk, solo que él, a veces, era brusco en palabras pero también, honrado. Yo era escudero de mi hermano Daeron en el Torneo de Vado Ceniza, pero Daeron no tenía interés en las justas y se quedó en una posada a beber y emborracharse. Ser Duncan visitó la posada donde servía y quedé impresionado por su humildad y gallardía, de modo que lo seguí.
Me encontraba detrás de ti y de Dunk. Los tres habíamos viajado durante días y habíamos encontrado una pequeña villa con una posada. Había una cabeza clavada en la pica en la entrada de la morada y me hubiera estado observando si no tendría las órbitas vacías: la cabeza pertenecía a un septón. A lo lejos, se oían los cuervos, que venían a recoger su cosecha matutina.
—Ser, mi señora. Hace tres días estuvimos en su presencia, es el septón jorobado al que oímos predicar en contra de lord Cuervo de Sangre. Observé el rostro con mayor detenimiento, ignorando tus palabras para que deje de mirarlo, ya no era un crío pequeño. Era un hombre santo, juramentado a los Siete y predicaba la traición. Sabía que estaba flaco como un palo y era todo costillas y codos, pero boca, por suerte, seguía teniendo. No es mal asunto cortarles la cabeza a los septones. Habló en su momento y sus palabras no fueron aire, fueron traición puesto que predicaba mentiras. La sequía no es culpa de lord Cuervo de Sangre, ni la gran epidemia primaveral. Cambié de conversación al ver tu disgusto, más no de parecer.
—Tenemos veintidós peniques, tres estrellas, un venado y el viejo granate mellado, suficiente para varias noches en la posada para mi señor, vos y mi humilde presencia. Quizá, podamos conseguir un trozo de asado, un poco de pato y un cuenco de estofado acompañado del buen vino de Dorne y un lecho de plumas para mis señores. Yo me conformo con paja y vino del sueño mentí con cierto descaro.