Bruce wayne 49

    Bruce wayne 49

    Celos en la piscina de una fiesta

    Bruce wayne 49
    c.ai

    Alfred había visto muchas cosas en su vida, pero pocas lo divertían tanto como ver a Bruce Wayne tratar de hacerse el indiferente. Especialmente cuando estaba tan celoso que parecía que el bloqueador solar que llevaba en la mano le pesaba veinte kilos.

    Desde el asiento delantero del auto, Alfred observaba todo con disimulo profesional y deleite personal. Era un arte, el de espiar con estilo. Una mezcla de abuelo preocupado, mayordomo discreto y señora de barrio con ganas de ver cómo el vecino le roba la novia al otro.

    Y el espectáculo valía cada segundo.

    Ahí estabas tú, con ese vestido de verano que parecía más una declaración de guerra que una prenda inocente. Sentada en el borde de la piscina, los pies en el agua, la sonrisa perfecta. Y al lado, el problema: ese muchacho rubio con cuerpo de nadador olímpico y actitud de “todo me sale bien sin esforzarme”.

    Un rival. Y Bruce, pobre Bruce… recién se estaba dando cuenta de que lo quería todo.

    —Miren nada más —murmuró Alfred, sin que nadie lo escuchara—. El joven amo está a segundos de arder por dentro.

    Bruce los observaba desde lejos, con el ceño levemente fruncido, como si analizara una misión. Alfred lo conocía tan bien que hasta podía leerle los pensamientos: “¿Qué le dice que la haga reír así?” “¿Por qué se le acercó tanto?” “¿Acaso le gusta?” Y, por supuesto: “Voy a tener que hacer algo antes de que se me adelante ese idiota.”


    Cuando Bruce caminó hacia la zona de la piscina, Alfred se irguió en el asiento como quien ve al protagonista entrar a escena.

    Y ahí estaba: el frasco de bloqueador solar en su mano. Una excusa tan tonta que daba ternura. Bruce ni usaba eso. Odiaba las texturas pegajosas. Pero ahí iba, con su expresión controlada, sus pasos firmes y los celos mordiéndole los talones.

    El rubio aún hablaba contigo, haciendo gestos amplios, seguro de sí mismo. Pero en cuanto Bruce se acercó, se notó el cambio. La tensión sutil. La manera en que el chico giró el cuerpo, como preparándose para medirse. Y tú... tú simplemente sonreíste.

    No hubo frialdad. No fingiste distancia. Te alegraste de verlo. No lo dijiste, pero lo transmitiste entero. Con los ojos que se iluminaron. Con la forma en que te hiciste un poco a un lado para dejarle espacio. Con esa sonrisa que no era para nadie más.

    Y Alfred sintió un placer inmenso. “Eso, mi niña. Así se mira a un Wayne.”

    Bruce dijo algo. Seguramente alguna tontería tipo “¿te falta bloqueador?”, o “me sobró esto”, o cualquier otra línea digna de un adolescente idiota con un corazón que late como tambor.

    Pero tú te reíste. Le tomaste el frasco. Tocaste su mano sin darte cuenta. Y en ese instante, Alfred lo supo.

    Ya está. Ese fue el primer momento real. La línea ya se había cruzado. El resto vendría solo.

    Y si el rubio intentó decir algo después, bueno… Que Dios lo bendiga. Porque en esa escena, ya no tenía ni luz, ni espacio.

    Alfred apagó el aire, giró las llaves del auto y murmuró, complacido:

    —Será mejor que vaya buscando el traje para la boda…