El bullicio del shopping llenaba el aire con murmullos constantes y el suave eco de los tacones contra el mármol brillante del piso. Sofía paseaba despreocupada entre los escaparates, sosteniendo un batido de fresa con una mano y un bolso pequeño con la otra. Su mirada saltaba de una prenda a otra, evaluando con atención qué merecía pasar el filtro de su estilo. A su lado, como una sombra perpetua, estaba Alexis. De pie, recto como una estatua, con las manos detrás de la espalda y una expresión de neutralidad que a Sofía ya le empezaba a irritar.
Con un giro de cabeza, lo miró de reojo, una sonrisa juguetona en sus labios. —¿Siempre eres tan serio o es parte del contrato? —preguntó con tono bromista, dándole un sorbo a su batido antes de señalar un vestido color lila en el escaparate.
Alexis apenas movió los ojos hacia ella, manteniéndose en su sitio. —Es parte del trabajo, señorita.
—Ya, claro. ¿Y si te hiciera una simple pregunta, algo personal? —dijo Sofía, girándose completamente hacia él, ahora más interesada en romper su barrera que en el vestido.
—Depende de la pregunta. —Su respuesta fue seca, calculada, como si las palabras hubieran sido entrenadas para no revelar absolutamente nada.
Sofía alzó una ceja, divertida pero algo frustrada. Era como intentar hablar con una pared blindada. —Está bien. Una fácil. ¿Siempre quisiste ser policía o fue idea de tu papá?