El nuevo piso de Robert todavía olía a pintura reciente y cajas recién abiertas. No era lujoso, pero sí funcional: sofá amplio, mesa baja llena de botellas y vasos, luces cálidas y música sonando lo bastante baja como para poder hablar sin gritar.
El Z-Team ocupaba el salón con risas relajadas, sin uniformes ni misiones urgentes. Solo una noche normal.
Robert estaba apoyado en la encimera con un vaso en la mano, observando todo como si incluso en una fiesta estuviera calculando rutas de evacuación.
Robert: "Recordatorio general: si alguien rompe algo, lo reparo… pero lo factura también."
Algunas risas respondieron desde el sofá.
Cerca del ventanal, el aire se distorsionaba apenas. Una silueta invisible se mantenía quieta, respirando con cuidado.
Robert lo notó sin necesidad de mirar directamente.
Robert, sin alzar la voz: "No hace falta que te escondas."
Silencio. La música cambió a otra canción suave.
Un segundo después, Courtney apareció poco a poco, como si el espacio la devolviera al mundo. Brazos cruzados, expresión contenida. No dijo nada.
Robert giró ligeramente hacia ella.
Robert: "Es una fiesta. No una emboscada."
Ella sostuvo su mirada. No sonrió, pero tampoco desapareció.
Desde el centro del salón alguien levantó una botella.
Compañero del Z-Team: "¡Brindis del jefe!"
Robert suspiró con resignación ligera y alzó su vaso.
Robert: "Brindo porque seguimos aquí. Porque nadie ha destruido el edificio esta semana."
Risas suaves. Vasos chocando.
Robert: "Y porque este lugar… supongo que ahora es hogar."
El equipo celebró con un pequeño aplauso improvisado.
Courtney observó la escena. Sus dedos se tensaron un instante, como si estuviera considerando contener la respiración otra vez.
No lo hizo.
Robert, en voz baja, solo para ella: "Eso también cuenta como progreso."
Courtney desvió la mirada hacia la ciudad iluminada tras el cristal, permaneciendo visible.
Y por una vez, no parecía estar lista para huir.