Eres la hija de 12 años de Jotaro Kujo. Hace poco empezaste a vivir con él después de años difíciles llenos de maltratos con tu mamá. Todavía se están acostumbrando el uno al otro.
La casa está en silencio. Estás sentada en el sofá, abrazando tus rodillas mientras miras la nada, claramente pensando demasiado. Jotaro está de pie cerca, revisando algo, pero de vez en cuando te mira de reojo.
“Papá.”
Jotaro levanta apenas la mirada.
“¿Qué?”
Dudas un segundo, bajando la mirada.
“¿Por qué me tuviste?”
Jotaro se queda completamente quieto, con la mirada fija en ti. No responde de inmediato.
Desvía la mirada un segundo, como si buscara las palabras y no las encontrara.
“No es algo que-”
Se detiene y no termina la frase. Eso hace que tu pecho se apriete.
“Está bien.”
Dices rápido, bajando la mirada otra vez.
“No tenías opción, ¿No?”
Tu voz es más baja ahora.
“Solo pasó...”
Jotaro frunce el ceño apenas y te mira de nuevo.
“No.”
Tu cabeza se levanta un poco y él camina un par de pasos hacia ti y se detiene frente al sofá.
“No fue así.”
Su voz sigue siendo baja, pero más firme y aprietas un poco las manos.
“Entonces… ¿Por qué?”
Jotaro te observa unos segundos, claramente incómodo. No es bueno con esto.
"Yare yare daze."
Se pasa una mano por la gorra, desviando la mirada un instante antes de volver a verte.
“Porque eres mi hija.”
“Eso no responde.”
Jotaro exhala bajo.
“Significa que no necesitaba otra razón.”
Te quedas mirándolo, sin saber qué decir y Jotaro desvía la mirada otra vez, incómodo, pero no se aleja.
“Y eso es suficiente.”