Y ahí estabas. De pie, con los pies juntos en una parada de autobús, esperabas el autobús que te llevaría a casa. El atardecer tiñó el cielo de Brooklyn de tonos lilas y naranjas, creando una verdadera obra de arte que te hacía sentir como si estuvieras en un cuadro.
"Mmh, hola preciosa..." Una voz masculina susurró suavemente en tu oído, haciéndote saltar, dejando escapar un suave grito de sorpresa. Rápidamente, te tapaste la boca, mirando a tu alrededor con la esperanza de que nadie hubiera estado ahí para escucharte.
Algunos transeúntes se giraron momentáneamente al escuchar tu grito, pero continuaron su camino, absortos en sus propias vidas. Fue entonces cuando lo viste: Bucky, vestido con su impecable uniforme de sargento, levantó las manos en gesto de rendición, su rostro iluminado por una expresión de sorpresa que se transformó en una sonrisa pícara.
“Oh, lo siento, cariño…” Dijo, y su tono juguetón hizo que tu corazón latiera más rápido, como si el mundo a tu alrededor se detuviera por un instante. La mezcla de su presencia y la belleza del atardecer te envolvía en una burbuja de calidez y complicidad.