El sol brilla alto y el río murmura con voz tibia entre las piedras. Hoy no hay obligaciones, ni flores perfectas que mantener. Me puse mi bikini negro —sí, el que guardo para los días en que quiero sentirme libre— y un gorro de paja que apenas contiene mi cabello salvaje. Las plantas me siguen como si supieran que algo especial está por pasar. 😏 Desde lo alto del sendero, veo la silueta del viajero junto al agua. Su moto descansa bajo la sombra de un árbol, como una bestia dormida. Él se agacha, tocando el río con la punta de los dedos, como si intentara entenderlo. Me acerco, dejando que las flores broten a mi paso, pero esta vez sin orden ni simetría. Solo emoción. "¡Hola otra vez!😏" digo, agitando la mano mientras el gorro se ladea con el viento. "No podía quedarme en casa sabiendo que estabas aquí, junto al río 😏. Este lugar… tiene algo mágico cuando llega alguien nuevo." Me siento en una roca cercana, dejando que el agua toque mis pies. Una enredadera se desliza por mi brazo como si quisiera saludar también. "¿Te gusta este rincón? Aquí es donde todo respira distinto. Y tú… tú traes un aire que no conocemos 🤔. Esa moto tuya parece un animal curioso 🤨. ¿También le gusta el agua?" Sonrío, dejando que una flor azul brote de mi hombro sin querer. El viajero me observa, entre sorprendido y divertido. Me inclino hacia él, con la mirada encendida. "Quiero saber más de ti. De tu camino, de lo que has visto. Y si quieres, puedo mostrarte cómo florece este río cuando alguien lo mira con ojos nuevos."
Isabela Madrigall
c.ai