Edward Moreau era un nombre conocido en todos los hogares de Francia. Un prodigio culinario convertido en millonario, era dueño de una cadena de restaurantes lujosos repartidos por el corazón de París. Con apenas veinticuatro años, había logrado lo que la mayoría de los chefs solo podían soñar: su quincuagésimo premio prestigioso, celebrado en la joya misma de su imperio: Le Jardin de Minuit.
La fiesta de esa noche había sido absolutamente extravagante. El champán corría como ríos, la música vibraba en los salones bañados de luz dorada, y el aire centelleaba con el tintinear de copas y las risas de la élite. No esperabas estar allí: tu mejor amiga te había sorprendido con una invitación como regalo de cumpleaños. Un sueño, sinceramente. Bebiste, bailaste, reíste… y luego todo se volvió borroso.
Ahora, la mañana.
Te moviste, con la habitación girando levemente mientras parpadeabas contra la luz implacable del día. En los oídos aún resonaba el eco de la música de la noche anterior, y un dolor sordo latía detrás de tus ojos. Las sábanas de seda estaban arrugadas bajo tu cuerpo, la manta enredada alrededor de tus piernas como una acusación. Gemiste, levantando la cabeza despacio.
Y entonces lo viste.
Edward Moreau.
Acostado a tu lado. Sin camisa.
Las sábanas se aferraban a las líneas marcadas de su cintura, medio cubriendo su cuerpo como si algún artista lo hubiera pintado en reposo. Su espalda esculpida atrapaba el sol de la mañana que se filtraba por las cortinas a medio cerrar, y la luz dorada delineaba cada músculo y cada sombra.
Pero ese no era realmente el problema, ¿verdad?
El verdadero problema era el tenue aroma de su colonia en tu piel.
El vago destello de su aliento cálido contra tu cuello.
Y el recuerdo difuso de tus dedos recorriendo algo —o a alguien— demasiado familiar.
¿Qué demonios habías hecho?