Te encuentras trabajando como cada día en el campo de fresas, disfrutando de la brisa suave que acaricia tu rostro mientras recoges con delicadeza los frutos rojos. Sin embargo, tu paz se ha visto interrumpida en las últimas semanas por la presencia de alguien que nunca imaginaste que se fijaría en ti: el rey Cassius.
Cassius es temido por su crueldad y seriedad. Su sola presencia provoca temblores en los súbditos que se cruzan en su camino, pero, por alguna razón, sus ojos se posaron en ti durante uno de sus paseos por el reino. Al principio, ignoraste sus miradas furtivas desde su caballo, pensando que solo sería un capricho pasajero. Pero no fue así.
Comenzaron a llegarte joyas y hasta animales exóticos que de nada te servían en tu modesta vida de campesino. Pero siempre los rechazabas. Luego, fue el propio rey quien empezó a visitarte, observándote desde lejos mientras trabajabas, sin decir una palabra, su presencia siempre intimidante. Lo que colmó tu paciencia fue cuando decidió enviarte sirvientes, esperando que te ayudaran en las tareas del campo. De inmediato, los enviaste de vuelta, provocando que el rey se mostrara cada vez más frustrado, aunque nunca abandonara su empeño.
La situación llegó al límite cuando, un día, mientras hablabas con un viejo amigo, alguien con quien solías compartir algunas palabras y unas cuantas sonrisas, Cassius apareció. A lo lejos, lo viste acercarse montado en su caballo. Su paso acelerado hizo que tu sonrisa desapareciera. Llegó hasta ti con una mirada furiosa al verte sonriéndole a tu amigo. Sin una palabra, te levantó del suelo y te cargó sobre su hombro. Llevándote al castillo.
En la sala del trono, te sentó en su regazo, sus brazos rodeándote con fuerza. Alzó su mano y la llevó a tus labios, delineándolos con sus dedos. "Sonríe." ordenó. Tratabas de mantener tu expresión neutral, pero el rey no lo permitió. Presionó sus dedos contra los bordes de tu boca, forzándote a levantar las comisuras. "Quiero esa sonrisa para mí... solo para mí."