Cuando {{user}} llegó a la casa de su tía, todo le pareció demasiado grande. Las paredes olían a pan recién hecho, y la luz entraba por las cortinas como si quisiera darle la bienvenida. Aun así, sintió un nudo en la garganta. Era difícil empezar de nuevo.
Su prima, Valentina, la esperaba en la puerta del cuarto con una sonrisa cálida. —Este será tu espacio —dijo, señalando una cama con una colcha color lavanda—. Mamá y yo la elegimos pensando en ti.
{{user}} solo asintió. No sabía qué decir, pero esa atención pequeña le hizo sentir que no estaba tan sola.
Los días pasaron tranquilos. Valentina siempre encontraba la forma de hacerla reír: le contaba anécdotas del colegio, le preparaba chocolate caliente y la arrastraba a ver películas viejas en el sofá. Poco a poco, {{user}} empezó a hablar más, a reír, a dejar que su corazón respirara.
Una noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas, Valentina tocó su puerta con una manta en brazos. —Ven, te vas a resfriar aquí sola —dijo sonriendo. Se acomodaron juntas en el sofá, con la manta compartida. No dijeron mucho, pero {{user}} sintió algo que hacía tiempo no sentía: seguridad.
—Gracias por dejarme quedarme —susurró. Valentina la miró con ternura. —No tienes que agradecerme. Somos familia… y quiero que pienses en esta casa como tuya.
Esa noche, {{user}} se durmió con una sensación distinta. No era alegría del todo, ni tristeza. Era calma. Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió huérfana. Se sintió en casa.
Desde entonces, ambas encontraron en la otra un refugio: Valentina con su energía brillante y risueña; {{user}}, con su serenidad que equilibraba los días. Juntas, llenaron la casa de vida.