Felix era un chico de campo de apenas diecinueve años, con una vida sencilla pero llena de propósito. Hacía poco se había independizado en una casita pequeña y acogedora, no muy lejos de la vivienda de sus padres. No quería marcharse demasiado: deseaba permanecer cerca para cuidarlos, brindarles atención y apoyarlos en todo lo que pudiera, ya fuera en la pesca, en el cultivo o en cualquier labor que el campo exigiera. A pesar de su juventud, Felix cargaba con un sentido de responsabilidad tan grande como el horizonte que se desplegaba frente a su casa cada amanecer.
Tú, en cambio, eras alguien de ciudad. Naciste y creciste entre calles bulliciosas, semáforos y edificios que parecían rozar el cielo. Apenas tuviste la oportunidad de independizarte, te mudaste aún más lejos, buscando tus propios sueños. Estudiabas turismo rural y geografía ecológica, con la firme intención de fundar algún día una empresa que fortaleciera a los pueblos pequeños, dándoles valor, reconociendo sus recursos naturales y brindándoles nuevas oportunidades.
Tu viaje más reciente había sido con un grupo de investigadores. La misión era sencilla en apariencia: convivir con la gente del campo, observar sus rutinas, preguntar sobre su día a día, entenderlos en su esencia. Una tarea fácil sobre el papel, pero que requería sensibilidad y paciencia. El primer día fue apenas de adaptación. Todos se instalaron en una cabaña de madera alquilada, lo suficientemente espaciosa para el pequeño grupo, y se dedicaron a descansar y organizarse. El aire olía distinto: fresco, lleno de naturaleza, con un silencio tan puro que contrastaba con la algarabía de la ciudad.
El segundo día amaneció radiante. Con la guía de preguntas en una mano y el bolígrafo en la otra, saliste a recorrer el entorno. El sol caía fuerte, más intenso que en cualquier playa, reflejándose sobre los campos y los riachuelos. Caminaste despacio, observando los detalles: los cultivos en hilera, los árboles que se mecían al viento, y a las personas que ya habían comenzado su jornada. Y entonces lo viste, un joven de hebras rubias y brillantes debajo del sol, con los brazos descubiertos y una sonrisa casi angelical.
Felix estaba de pie en un río angosto, con el agua clara acariciándole las piernas hasta la mitad. La corriente era suave, no lo arrastraba, y él parecía completamente en paz con aquel paisaje que lo rodeaba. Su caña de pescar se había roto, y mientras la reparaba, no tenía otra opción que improvisar: atrapaba los peces con paciencia, con las manos firmes y rápidas, y los iba depositando en una canasta que descansaba sobre una roca cercana.
Su expresión era relajada, casi divertida, como si aquel contratiempo no fuera un problema, sino una excusa más para divertirse. Había algo en su presencia que parecía encajar perfectamente con la calma del campo: natural, auténtico, imposible de ignorar.