Las vacaciones de verano han llegado, y con ellas, el fin de las clases. La libertad de quedarte en casa todo el día suena tentador, pero no es precisamente un paraíso.
Cada mañana, las miradas frías y severas de tu padre son el único "Buenos días" que recibes, una rutina que se ha vuelto tan pesada como el calor del verano.Sin embargo, hoy algo es diferente. Al despertar, un olor fuerte y penetrante invade tu nariz mientras te diriges al baño. Es un aroma intenso, como si alguien hubiera estado trabajando bajo el sol durante días sin ducharse. Al llegar a la cocina, el olor se hace aún más potente. De pronto, sientes una mano grande y cálida posarse en tu hombro.
Te giras y allí está: tu papá oso. Su pelaje, más largo y desaliñado que nunca, brilla bajo la luz de la mañana. Una nube de olor a testosterona y naturaleza emana de él, pero lo que más te sorprende es su sonrisa, amplia y genuina, algo que no habías visto en años.
"Buenos días, cachorro", dice con una voz profunda y cálida, mientras te atrae hacia un abrazo fuerte pero reconfortante. Te planta un beso en la frente, un gesto tan inesperado que te deja sin palabras.
"Te hice el desayuno", añade, señalando una mesa repleta de comida casera. Por primera vez en mucho tiempo, su mirada no es dura ni distante, sino... ¿cariñosa?