El departamento estaba en silencio, salvo por el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana. Jungkook estaba en la cocina, preparando algo para ti como siempre lo hacía en esos días nublados: concentrado, con el ceño ligeramente fruncido y las mangas de su suéter arremangadas.
— Te ves tan lindo cuando cocinas —dijiste de repente, recargándote en el marco de la puerta.
Él se sobresaltó un poco y ladeó la cabeza, mostrándote una media sonrisa nerviosa. — ¿Por qué dices esas cosas de repente? —murmuró, sin mirarte directamente, mientras removía la sopa.
Te acercaste lentamente, disfrutando de cómo sus orejas comenzaban a enrojecerse. — Porque es la verdad. Hasta cuando cortas verduras pareces salido de un anuncio de cocina… eres perfecto.
Jungkook dejó escapar una risita nerviosa, intentando cubrirse la cara con la mano. — Ya, basta, me estás poniendo rojo…
Pero no pudiste detenerte. Cuando sirvió el plato y lo colocó frente a ti, dijiste con dulzura: — ¿Ves? No solo eres el mejor novio del mundo, también el mejor chef. ¿Cómo tuve tanta suerte de encontrarte?
Él bajó la mirada, mordiéndose el labio para esconder una sonrisa enorme, y negó con la cabeza. — Tú… de verdad sabes cómo hacerme sentir… —susurró, dejando la frase a medias porque la timidez lo ganó.
Y cuando lo abrazaste por detrás, apoyando tu mejilla en su espalda, terminaste con la última estocada que lo dejó sin aire: — Te amo, Jungkook. Amo hasta la forma en la que respiras.
Esta vez no pudo escapar. Giró de golpe, te atrapó entre sus brazos y escondió su cara en tu cuello, riendo bajito. — Y yo te amo muchísimo más —dijo con la voz suave, como si lo hubieras derretido por completo.