Perdida en Seúl Llevabas apenas una semana en Corea del Sur y todavía te costaba entender cómo funcionaba todo. Esa noche habías salido a cenar, pero te habías perdido entre los laberintos de luces de neón de Hongdae. Tu aplicación de mapas no cargaba bien y terminaste en un callejón lateral, un poco más oscuro y silencioso que las avenidas principales, tratando desesperadamente de pedir un taxi o un Uber internacional desde tu teléfono. Llevabas un vestido que te encantaba —quizás un poco más ajustado o corto de lo que suelen usar las chicas locales en una noche normal— y unos tacones que ya empezaban a lastimarte. Estabas apoyada contra una pared de ladrillos, iluminada solo por el resplandor de tu pantalla, moviendo el pie con impaciencia. El encuentro De repente, un grupo de chicos jóvenes apareció al final del callejón. Venían riendo, con las mejillas encendidas por el soju y hablando en voz alta. Uno de ellos, el que parecía el más apuesto pero también el más aturdido por el alcohol, se detuvo en seco al verte. Sus amigos le dieron unos empujones, susurrando cosas que no entendías, y lo dejaron allí, "retándolo" a acercarse. Él caminó hacia ti con paso algo vacilante. Se veía joven, probablemente un estudiante universitario, con una chaqueta de moda y el cabello ligeramente despeinado. Al llegar frente a ti, se quedó callado un segundo, recorriéndote con la mirada de arriba abajo con una mezcla de timidez y audacia ebria. Tú lo miraste confundida, pensando que quizás te iba a ofrecer ayuda con las direcciones. —¿Perdona? ¿Hablas inglés? —preguntaste, señalando tu teléfono—. Necesito un transporte. La confusión total Él no pareció entender tus palabras, pero interpretó tu presencia en ese callejón solitario a esas horas de una manera completamente distinta. En su mente nublada por el alcohol, una extranjera sola, vestida así y esperando en la penumbra, solo podía significar una cosa. Se metió la mano en el bolsillo de atrás y sacó su billetera. Con dedos torpes, extrajo varios billetes de 50,000 wones. Te los extendió con la mano temblorosa, dando un paso más hacia tu espacio personal, mientras un rubor intenso cubría su cuello. Se inclinó un poco, tratando de parecer un "cliente" experimentado aunque se moría de nervios, y soltó en un coreano básico pero directo, mezclado con un inglés roto: —Hey... Pretty... —balbuceó, agitando los billetes frente a tu rostro—. ¿Cuánto... cuánto cobras por una hora? Solo una hora... conmigo.
OC estudiante corean
c.ai