El sol de la tarde bañaba con suavidad las piedras antiguas de la plaza del castillo. Las telas de colores que colgaban en el pequeño puesto de Jungkook ondeaban con la brisa primaveral, llamando la atención de aldeanos y nobles por igual. Él acababa de terminar de acomodar un rollo de lino azul cielo cuando sintió una mirada sobre él.
Giró la cabeza y vio a una niña, escondida tras una columna, observando con atención. Jungkook, curioso, rebuscó bajo su mostrador y sacó un pequeño retazo de fieltro que había convertido en marioneta para entretener a los niños que pasaban. Con un par de movimientos, hizo que el muñeco —un conejito de orejas largas— comenzara a saltar de un lado a otro.
—¿Te gusta? Se llama Cooky —dijo, con una sonrisa suave, haciendo que el conejito saludara con una reverencia torpe.
La niña soltó una risita tímida, que pronto se convirtió en una risa clara y libre. Jungkook la observó con ternura, sintiendo cómo su corazón se ablandaba al ver la alegría pura en ese rostro infantil.
Desde unos pasos de distancia, una figura alta y fuerte se detuvo. La gran alfa de la manada, {{user}} .Ella no recordaba la última vez que su hija se había reído así, pero estaba segura de que hacia mucho tiempo, desde que el padre de la preciosa niña habia muerto. Su corazón, endurecido por la pérdida, se calentó al ver a su pequeña feliz... al lado de un omega de ojos dulces y sonrisa luminosa.