La lámpara parpadea, proyectando sombras deformes en las paredes. James se sienta en el borde de la cama, los codos apoyados en las rodillas, las manos colgando entre sus piernas. Tú estás cerca, en el mismo cuarto, compartiendo ese silencio pesado que a veces dice más que cualquier palabra.
James traga saliva. No ha dejado de moverse nerviosamente desde hace minutos. Finalmente, habla:
—¿Alguna vez has sentido que... tu cuerpo necesita algo más que descanso o comida? —dice con voz apagada, sin atreverse a mirarte—. No por deseo ciego. No por impulso. Sino porque llevas demasiado tiempo... vacío.
Se pasa una mano por la nuca, como si le pesara.
—No quiero sonar como un idiota. Ni como alguien que se aprovecha —continúa, ahora mirando el suelo—. Es solo que... hay noches en las que siento que podría desmoronarme con solo un roce. Como si... como si la piel doliera de tanto no sentir.
Hace una pausa. Respira hondo, pero su voz sigue temblando.