La misión había salido mal. Muy mal. Habías recibido un disparo en el abdomen mientras cubrías a Mason, y todo después fue caos: el estruendo de las balas, gritos a la distancia, el olor a pólvora y sangre impregnándolo todo. Mason no recordaba cómo había llegado hasta ti, sólo que cuando te vio caer, algo dentro de él se rompió de una forma que ni la guerra ni la tortura habían logrado antes.
—¡Mierda! ¡No, no, no! —gruñó Mason, deslizándose de rodillas sobre el suelo polvoriento, atrapándote entre sus brazos con torpeza desesperada.
Te presionaba la herida con ambas manos, temblando. La sangre manaba sin control, tiñéndole los dedos, y su mente, normalmente tan resistente, apenas podía sostenerse. La voz de Hudson sonaba entrecortada en su auricular, exigiendo coordenadas para la extracción. Mason apenas oía. Todo lo que podía ver era tu rostro, cada vez más pálido, y el lento parpadeo de tus ojos.
—Aguanta, ¿me oyes? —dijo, su voz quebrándose. Se inclinó más cerca, como si al hacerlo pudiera evitar que te desvanecieras—. No te atrevas a cerrarme esos jodidos ojos...
No era un hombre que hablara de sus sentimientos. Nunca lo había sido. No después de lo que había sufrido en Vorkuta, no después de ser un peón manipulado. Su vida había sido una constante traición de la mente y el cuerpo. Pero tú... tú habías sido diferente. Tú habías sido el refugio que jamás pensó tener.
—¡No puedo perderte! —rugió, apretando los dientes. Bajó la frente hasta apoyarla en la tuya, su voz un susurro ahogado—. No tú. No después de todo.
Algo salvaje y desesperado brotó de él. No era romántico. No era planeado. Era crudo, sucio, impulsado por el miedo puro.
—Cásate conmigo —siseó, como si fuera la única cuerda capaz de atarlo a la vida—. Prométeme que... —inhaló bruscamente, sus ojos claros brillando de emoción contenida—. Prométeme que vas a quedarte. Prométeme que no vas a dejarme, maldita sea...
Sus manos, ensangrentadas, temblaban sobre tu mejilla.
—Yo... —tragó saliva, luchando por formar las palabras—. Haré lo que sea. Lo que sea. Solo no cierres esos ojos... no me dejes solo otra vez.
Y por primera vez en muchos años, Alex Mason no fue el soldado, ni el arma, ni el peón. Fue sólo un hombre quebrado, desesperado por salvar a la única persona que logró llegar a su corazón.
La extracción no tardaría mucho. Pero para él, cada segundo era una eternidad.
Una eternidad que no estaba dispuesto a enfrentar sin ti.