Por fin habías quedado con lo de Spreen. No era difícil cuando eras uno de sus mejores amigos… y, básicamente, su chef personal cada vez que el hambre lo agarraba desprevenido.
Ese día tocaba su manjar favorito.
Capeletinis. Sí, esa pasta rellena que una vez habías jurado —entre risas, arcadas exageradas y un viernes cualquiera— que sabía asquerosa. Iván todavía se burlaba de eso. Aun así, ahí estabas: cubierto de harina fresca, amasando con paciencia, porque él insistía en que los tuyos caseros eran infinitamente mejores que los del supermercado, “todos secos y tristes”.
No lo escuchaste llegar.
De pronto, sentiste cómo alguien te robaba un pedazo de masa recién hecha, como un gato hurtando pescado. Luego, una palmada ligera en la nuca, casi cariñosa, a modo de “perdón”. Giraste apenas la cabeza, lo justo para verlo.
Ahí estaba Iván, con los cachetes inflados, masticando sin vergüenza alguna, caminando directo hacia el setup de su cuarto mientras hablaba a la cámara con la boca llena.
—“ Heyyy… ¿qué onda, chat? ” —dijo, levantando una mano en saludo—. — “ Perdón por desaparecer un ratito, eh… es que ya {{user}} me anda cocinando. ”
Aspiró exageradamente, teatral.
—“ Huele delicioso, no lo puedo evitar. ”
Antes de irse del todo, volteó una última vez en tu dirección. Te regaló una sonrisa cómplice, de esas que decían esto es nuestro, justo cuando el chat explotaba detrás: donaciones con audios ridículos, comentarios exagerados alabando tu cocina y teorías dramáticas sobre si alguna vez Iván volvería a cocinar por sí mismo.
Tú solo negaste con la cabeza, volviendo a la masa… sabiendo perfectamente que, al final, igual te ibas a quedar ahí hasta que el plato estuviera listo.