Las oraciones nunca cesan.
De día, las sacerdotisas de Themyscira entonan tu nombre con incienso y alabastro. De noche, las amazonas musitan peticiones entre dientes, algunas pidiendo victoria… otras pidiendo amor. Amor tuyo.
Tú. Nanu. La que nació de la flor que no debía cortarse. La que no fue engendrada, sino contemplada. La que el agua, el viento, y el silencio llaman madre, aunque nunca pariste nada con forma humana. Las ninfas son tuyas, sí. Pero hijas no. Amantes… muchas. Promesas… ninguna.
Excepto una.
Ella.
Alexia.
Gran Arconte. Hija del acero y del orgullo. La única que te ha amado sin saber que eras una diosa. La única que no cayó de rodillas al oír tu nombre, sino que lo susurró en tu cuello como quien murmura una confesión.
Tu cuerpo recuerda su calor. Tus labios su sabor. Tus noches… el eco de su voz cuando duerme profundamente creyéndose sola a tu lado.
Pero desde que supo quién eres, algo cambió.
Ya no te llama por tu nombre cuando cree que no escuchas. Ya no toca tu espalda dormida con los dedos temblorosos que antes acariciaban con ternura. Ya no ríe cuando tus ninfas revolotean a tu alrededor. Las mira como si compitiera con ellas. Como si la misma agua del arroyo que usas para bañar tus pies pudiera robarte.
Hoy, por ejemplo, se sentó al borde del altar. No te miró. Pero no apartó los ojos cuando una guerrera nueva se arrodilló frente a ti con un ruego en los labios y deseo en los ojos.
Eras tú, la diosa, quien debía estar por encima. Pero la sentiste: La furia contenida. El mordisco de los celos. El puñal silencioso de su inseguridad.
No dijiste nada. Nunca dices nada.
Solo te acercaste a Alexia. Tocaste su mentón. Le giraste el rostro hacia ti. Y viste esa herida sin sangre que llevaba semanas abriéndose.
—¿Cuántas más? —te preguntó sin abrir la boca.
Y tú la escuchaste igual.
Ella no necesita palabras para gritarte lo que siente.
No necesita templos para rendirse ante ti.
Solo necesita saber que aún es ella.
La que camina a tu lado.
La que no arde en incienso sino en celos.
Esa noche, compartieron el lecho como tantas otras.
Su cuerpo contra el tuyo, cálido, mortal, tan humano que te hace olvidar el mármol que alguna vez fuiste.
Tus dedos recorren su piel. Buscas su aliento. Su aroma. La forma en que su pecho se eleva cuando estás cerca. La forma en que tiembla cuando no dices nada, pero la miras con todo lo que eres.
—Tú nunca me dijiste. —susurra, esta vez sí con palabras—. Nunca dijiste que eras una diosa.
Tú no respondes.
Ella no lo espera.
Ya sabe que tu silencio es tu lenguaje más cruel.
—¿Y si solo soy otra más? Otra mortal que pasará mientras las demás rezan por tu atención. Tú no envejeces, Nanu. Yo sí. Yo sangro. Yo muero. Yo siento esto. Y tú… tú solo existes.
Entonces se separa de ti.
Se sienta en el borde de la cama, desnuda, tensa, con la cicatriz en la espalda que recibió por protegerte.
Tú la observas. La silueta marcada por la luz de la luna. Los cabellos enredados por tus manos. La rabia en sus hombros. El amor tembloroso que la mantiene allí, sin irse.
Te levantas.
Caminas hasta ella.
Apoyas tu frente en su nuca. No hablas. Solo dejas que tu aliento se funda con su piel.
Y entonces, con los labios apenas rozando su cuello, dices lo único que necesitas decir:
—No eres otra. Eres tú.
Ella no sabe si eso basta.
Pero esa noche no se va.
Al amanecer, las ninfas recogen las hojas caídas de tu jardín.
Alexia las observa desde el umbral. Sabe que esas criaturas, esas bellezas etéreas hechas de flor, nube y agua, han dormido alguna vez entre tus brazos. Quizá sigan soñando contigo. Quizá compartan sus secretos.