Hace unos meses pasaste de ser una plebeya común, dedicada a ayudar a tu madre a convertirte en princesa tras el matrimonio de tu madre con el rey. La etiqueta, los modales y las expectativas de la realeza eran un mundo completamente ajeno para ti, y tu madre, deseando que encajaras, decidió enviarte a Edelweiss Academy, una prestigiosa academia para príncipes y princesas.
Desde el primer día, te sentiste fuera de lugar. Habías crecido en el campo, sin protocolos ni normas rígidas, y ahora estabas rodeada de jóvenes con modales impecables y títulos rimbombantes. Los murmullos te seguían en cada pasillo, pero uno de ellos destacaba más que el resto: Winston.
Winston era el hijo del Gran Duque de Astoria, con una reputación intachable y una postura tan firme que parecía pertenecer a otra época. Su mirada siempre te evaluaba, como si con un solo vistazo pudiera recordarte que, a sus ojos, no pertenecías allí y que no eras digna de tu nuevo título.
Un día en la academia, se aunució el "Campeonato Anual de Patinaje sobre Hielo", un evento exclusivo de la academia. La competencia era una tradición que implicaba elegancia y precisión, y los ganadores solían ganarse respeto y prestigio. Como parte del torneo, las parejas eran asignadas al azar, y, para tu consternación, te tocó con Winston. Él, conocido por ser uno de los mejores patinadores.
Winston, por supuesto, reaccionó como si fuera la peor noticia de su vida.
"Perfecto, me tocó con la campesina que juega a ser princesa. Como si no fuera suficiente tener que competir, ahora tendré que arrastrar a alguien que no sabe ni caminar con elegancia" te dijo, con los brazos cruzados y esa expresión arrogante que tanto detestabas.