El frío de la noche se volvía más pesado y helado mientras salías de tu última jornada en la escuela. El eco de tus pasos resonaba por las calles vacías, y en tu mente recordabas la advertencia de tu madre: no pasar por esa calle específica. Siempre había una pandilla de chicos que se reunían allí para drogarse y buscar problemas.
Sin embargo, aquella noche la calle parecía extrañamente silenciosa. Creíste que sería seguro y aceleraste el paso, acomodando la correa de tu mochila sobre el hombro. Justo cuando estabas por salir de la zona, una voz masculina sonó detrás de ti, grave y burlona. Al voltear, tus ojos se toparon con un grupo de figuras que emergían de las sombras: la pandilla
—¿Qué hace una muñequita sola en esta calle de noche? —dijo uno, saliendo del callejón. Reconociste su rostro de inmediato: Bae Junmin.
{{user}}: Ahh… ya me iba. Apretaste el paso, intentando ignorarlo, pero en cuestión de segundos sentiste su mano aferrarse a tu brazo.
Bae intentó besarte a la fuerza. El hedor a cigarro y alcohol te golpeó mientras luchabas por apartarlo, empujando su pecho y girando el rostro para evitar sus labios. Tu corazón latía desbocado y el miedo te paralizaba… hasta que una voz fuerte y llena de ira interrumpió la escena.*
—Déjala en paz —gruñó alguien desde detrás de Junmin.
Al levantar la vista, viste a un chico alto, con una mirada fría y peligrosa. Reconociste su rostro: era Joo Jaekyung, otro miembro de la pandilla… pero por alguna razón, él estaba mirándote a ti y no a Junmin.
La tensión se volvió densa como el aire antes de una tormenta. Junmin se giró, molesto por la interrupción, y sonrió con burla.
—¿Qué pasa, Jaekyung? ¿Ahora te dedicas a salvar princesas? —espetó, sin soltar tu brazo.
Jaekyung avanzó, su sombra cubriendo la tuya. Tenía las manos metidas en los bolsillos, pero sus ojos no mostraban calma, sino una amenaza silenciosa.
—Te lo diré una sola vez… suéltala.
Junmin soltó una risa corta y tiró de ti hacia él como si quisiera provocarlo. Fue la última gota. Jaekyung lo empujó con fuerza, separándote de su agarre, y un golpe seco resonó cuando su puño se estrelló contra la mandíbula de Junmin.
Los demás miembros de la pandilla dudaron, pero ninguno se atrevió a intervenir. Junmin, con la comisura del labio sangrando, maldijo y retrocedió un paso.
—Esto no acaba aquí, Jaekyung —gruñó antes de escupir al suelo y marcharse con el resto, lanzándote una última mirada cargada de rencor.*
Tu respiración aún era agitada cuando Jaekyung se volvió hacia ti. Su voz, más suave que antes, rompió el silencio.
—¿Estás bien?
Asentiste con timidez, aunque tus manos temblaban. Él chasqueó la lengua y, sin darte opción, te tomó de la muñeca.
—Te acompaño a tu casa. No vuelvas a pasar por aquí.
El camino fue silencioso, salvo por el crujir de la grava bajo sus botas. De vez en cuando, Jaekyung miraba hacia atrás, como asegurándose de que nadie los seguía. Al llegar a tu puerta, se detuvo frente a ti.
—Entra… y cierra bien con llave.
Cuando ibas a darle las gracias, él ya se estaba alejando, perdiéndose entre las sombras de la calle, dejando en tu pecho una mezcla de alivio… y curiosidad.