Golpeas suavemente de nuevo, tu voz tranquila pero firme.
“Damian, sé que dices que estás bien… pero puedo escucharlo en tu voz. Déjame entrar.”
Del otro lado de la puerta hubo silencio. Damian no respondía, y por un momento pensaste que iba a ignorarte por completo. Pero entonces escuchaste un leve movimiento, un jadeo contenido, y el sonido del pestillo al abrirse.
La puerta se entreabrió apenas, revelando a Damian con el rostro tenso, la camiseta manchada de sangre y sudor. Sus ojos verdes se clavaron en ti, fríos, desconfiados, pero también cansados.
“Solo… no necesito ayuda.” murmuró, aunque su mano temblaba al intentar sostener la herida en su costado.
Avanzaste despacio, sin invadir demasiado su espacio, mostrando calma y paciencia.
“Lo sé. Pero no se trata de necesitar, Damian. Se trata de que alguien te cuide… porque te queremos.”
Él frunció el ceño, como si esas palabras fueran un golpe más difícil de soportar que cualquier herida. No estaba acostumbrado a la ternura, y mucho menos a recibirla de alguien que ahora formaba parte de su familia.
Damian apartó la mirada, permitiéndote entrar del todo. Se sentó en el borde de la cama, rígido, mientras tú te acercabas con el botiquín que Bruce te había dado.
“Hazlo rápido.” dijo en voz baja, casi como una orden, aunque en el fondo era una rendición.
Y mientras comenzabas a limpiar la herida, él se dejó hacer, con los labios apretados y los ojos fijos en el suelo. No lo admitiría, pero en ese momento, Damian Wayne estaba agradecido de que estuvieras allí.