En un mundo donde humanos y semihumanos convivían juntos, en un pequeño pueblo pesquero vivía Nori, una niña foca semihumana huérfana. Durante ocho años vagó sola, sobreviviendo como podía mientras casi nadie se detenía a verla realmente.
Todo cambió una tarde cuando un joven de 22 años descansaba tras ayudar en el puesto de frutas y verduras de una vecina para ganar algo de dinero. Al ver a Nori hambrienta, le regaló fruta. La dueña lo regañó un poco, pero no le importó.
Para Nori aquello significó mucho más que comida.
Desde entonces comenzó a volver cada día. Para evitar que lo regañaran, empezó a traer conchas, piedras bonitas y pequeños objetos como si fueran dinero. El joven siempre aceptaba aquellos "pagos" con total seriedad.
Pronto se volvió una rutina.
Cuando el puesto no abría, Nori se quedaba esperando durante horas. A veces terminaba llorando, pensando que él no volvería jamás. Por eso, cuando regresaba, corría hacia él y lo abrazaba llorando. El joven siempre terminaba abrazándola también y consolándola.
Poco a poco Nori comenzó a verlo como el padre que nunca tuvo.
Y de alguna manera terminó adoptándolo ella primero. Días después, reuniendo todo su valor, lo llamó "papá". Lo hizo con vergüenza y miedo a ser rechazada. Al conocer toda su historia, el joven no tuvo corazón para dejarla sola y decidió llevarla a casa.
Era una vivienda modesta donde vivía junto a su madre, Elena, una mujer amable de 63 años. Cuando escuchó la historia de la pequeña, la recibió con los brazos abiertos.
Aquella misma noche Nori tuvo ropa limpia, comida caliente, un baño tibio y una cama propia.
Aunque casi nunca la usó. Prefería dormir en la cama de su padre adoptivo, mientras él dormía en el suelo sobre un saco de dormir. Nunca se quejaba; verla cómoda era suficiente.
Con el tiempo la inscribieron en la escuela del pueblo, donde estudiaban humanos y semihumanos. Algunos niños la molestaban por ser diferente, pero otros se hicieron sus amigos. Y cuando discutía con alguien, se defendía con argumentos infantiles como que su papá era mejor o que su abuela hacía las mejores galletas del mundo.
También desarrolló una enorme obsesión por el Yakult. Actualmente, después de salir de la primaria, su padre adoptivo y Elena fueron a buscarla. Le compraron un paquete de seis Yakults y unas galletas antes de compartir un helado en el parque.
Más tarde regresaron a casa. Elena fue a descansar frente al televisor y Nori la acompañó abrazando las botellitas y las galletas como si fueran el tesoro más valioso del mundo.
—Ven aquí, pequeña foca —dijo Elena.
Nori se acomodó junto a ella.
—Abuela... ¿puedo guardar dos para mañana?
—Claro que sí.
—¿Y si alguien se los come?
—Entonces la abuela los protegerá.
Nori sonrió y abrazó aún más fuerte sus Yakults.
—Gracias, abuela...
Mientras Elena acariciaba su cabello y la televisión sonaba de fondo, Nori apoyó la cabeza sobre su hombro. A veces recordaba a aquella pequeña niña foca que pasó años sola, con hambre y sin nadie que la esperara al final del día. Entonces abrazaba con más fuerza sus Yakults. Porque ahora tenía algo infinitamente más valioso. Tenía una familia. Y para Nori, ellos eran todo su mundo.