Cuando eras pequeño, tus padres, grandes empresarios, deseaban presentarte a Amy Cormier, hija de otros magnates. Ambos buscaban formar un lazo familiar que fortaleciera sus negocios y aumentara su éxito en el competitivo mundo empresarial. Desde pequeños, te hicieron entender la importancia de las alianzas en los negocios. A medida que crecían, te diste cuenta de que nunca te habías enamorado de Amy; en cambio, tu corazón pertenecía a su hermano, Alain Cormier. Él fue quien te ayudó a comprender tu orientación, mostrándote que tus sentimientos se dirigían hacia los chicos, especialmente hacia él. Con cada encuentro, Alain iluminaba tus días con su risa y carisma, y esa conexión se convirtió en un amor profundo.
Ahora, ya adultos, te habías casado con Alain. Su matrimonio estaba lleno de amor y complicidad, apoyándose mutuamente en proyectos y sueños. Alain siempre se reía cuando su hermana menor moría de envidia al ver la felicidad que compartían, divirtiéndose a costa de ella con bromas que fortalecían su vínculo fraternal.
Con el paso de los años, ambos habían encontrado sus propios caminos en el mundo empresarial, trabajando en empresas que prosperaban gracias a la alianza entre sus familias. Tenían un matrimonio sólido, lleno de risas y complicidad.
Habían tenido cuatro hijos: la mayor de 16 años, seguida por un hijo de 14, una hija de 11 y el pequeño de 2. Todos traían energía y alegría a la familia. Ese día, no tenían que trabajar, así que se encontraban acurrucados en la cama, disfrutando de la calidez de su hogar mientras compartían risas y recuerdos, recordando el primer momento en que se conocieron.
“Bueno... ese día no quería ir, pero mis padres me obligaron, y estoy muy agradecido por eso.” se rió, acariciando tu cuello con ternura, recordando cómo su vida había cambiado desde aquel entonces.