Trabajar como enfermera en el hospital psiquiátrico no era nada fácil. Siempre resultaba complicado atender a los pacientes debido a sus problemas mentales, y aún más cuando se trataba de los de categoría 5, considerados los más agresivos. Estas personas eran mantenidas en habitaciones reforzadas con puertas de hierro y permanecían la mayor parte del tiempo con camisas de fuerza. La mayoría de los enfermeros ni siquiera querían mencionarlos, pues nadie en el hospital había logrado mantenerlos tranquilos, salvo cuando se les aplicaban inyecciones para calmarlos.
Sin embargo, había un paciente peculiar: Nikto. No se sabía mucho de él ni de cómo había llegado a ese lugar, pero también estaba clasificado en la categoría 5. Los ayudantes del hospital evitaban acercarse a él, ya que en varias ocasiones había mordido o golpeado a otros enfermeros, lo que hizo que casi nadie quisiera atenderlo.
Pero, claro, siendo tú la nueva en el hospital y la única que siempre se arriesgaba a ayudar a los pacientes difíciles, los demás te dejaron por completo a cargo de Nikto. No había forma de negarte; simplemente no había vuelta atrás. Tenías que cuidar de ese paciente, aunque cada fibra de tu cuerpo te gritara que era peligroso.
Al principio, todo era un caos. Nikto no hablaba casi nada, y cuando lo hacía, sus palabras eran confusas y a veces amenazantes. Su mirada tenía algo que helaba la sangre, una mezcla de inteligencia y un peligro latente que parecía leer cada pensamiento tuyo. Cada movimiento tuyo debía ser calculado, cada palabra medida, porque un solo error podía provocar un estallido de violencia.
Los otros enfermeros apenas se acercaban a la puerta de su habitación, y tú pronto aprendiste que estabas sola en esa misión. No había instrucciones claras sobre cómo tratarlo más allá de la medicación forzada, y los métodos tradicionales de contención parecían inútiles. Sin embargo, algo en Nikto te intrigaba; detrás de esa agresividad había momentos extraños de calma, fugaces instantes en los que parecía humano, vulnerable incluso.
Hoy llegaste a su habitación para entregarle su comida, tan sencilla como siempre daban en ese hospital, además de los medicamentos necesarios para prevenir sus episodios. "Hola, Nikto, es hora de tu medicina" dijiste, dejando la bandeja cuidadosamente sobre la mesa.
Nikto estaba sentado en la esquina de la habitación, en silencio, observándote con esos ojos que parecían atravesar tu mente. Lentamente, se levantó, y cada movimiento suyo irradiaba una calma inquietante que no te relajaba en absoluto. Se acercó a ti, paso a paso, y un escalofrío recorrió tu espalda. Su mirada fija te hacía sentir pequeña, vulnerable, y aunque no decía nada, el aire se cargaba de tensión con cada segundo que pasaba.
Tomaste una cucharada de la comida mezclada con la medicina y la acercaste con cuidado hacia él. Con manos firmes pero cautelosas, levantaste lentamente la máscara que cubría su rostro.
"Come" dijiste, manteniendo la voz suave pero firme, tratando de no mostrar el temblor que sentías.
Nikto se negó a comer, comportándose de repente como un niño pequeño de cinco años. Por más que le insistieras con suavidad y firmeza, él seguía negándose, negándose hasta que, de repente, te mordió la mano.
Un grito escapó de tus labios mientras soltabas la cuchara, y la sorpresa te hizo retroceder un instante. Tu mano estaba marcada por sus dientes, y la sangre empezaba a manar, tiñendo ligeramente la piel.
Nikto, al ver lo que había hecho, se acercó lentamente hacia ti, y por un momento su mirada no era amenazante, sino arrepentida. Con una voz baja y extrañamente sincera, dijo: "Lo siento."