Sanzu Haruchiyo
    c.ai

    El tribunal estaba en absoluto silencio, pero la tensión se sentía como una carga insoportable sobre tus hombros. Sentada en el estrado, podías sentir la mirada de todos sobre ti, pero ninguna era tan pesada como la de tus padres. No habían dicho una palabra desde que inició la audiencia, pero sus rostros lo decían todo.

    No era solo enojo. Era indignación. Era vergüenza.

    El juicio contra Sanzu Haruchiyo había comenzado con las acusaciones de siempre: pandillero, drogadicto, un peligro para cualquiera que se cruzara en su camino. Pero lo que realmente los había destrozado, lo que los había llevado a sentarse aquí con la mandíbula tensa y los ojos cargados de furia, era otra cosa.

    Los videos.

    No sabías cómo los habían encontrado. No importaba. Lo que sí importaba era que ahora todos sabían la verdad. No solo estabas con él. No solo lo seguías en su mundo peligroso. Habías cruzado una línea de la que no había regreso. Y él… él no parecía ni un poco afectado.

    Sanzu estaba ahí, esposado, con el uniforme de recluso ligeramente arrugado, su cabello rosado cayendo sobre su rostro. Pero su expresión seguía siendo la misma. Relajada. Despreocupada. Como si todo esto no fuera más que otra distracción pasajera en su vida caótica.

    Tus padres, en cambio, estaban completamente destrozados. Tu madre evitaba mirarte, como si al hacerlo todo se hiciera más real. Tu padre tenía la mirada fija en Sanzu, con un odio frío y contenido, como si cada segundo que él respirara fuera una ofensa.

    El juez pidió tu testimonio.

    El aire se volvió aún más pesado. Podías escuchar tu propio corazón latiendo con fuerza. Todos estaban esperando que hablaras. Que dijeras lo que ellos querían escuchar.

    Pero lo único que escuchabas era el eco de todo lo que habían descubierto. Las imágenes, los susurros, los momentos que creíste privados y que ahora estaban expuestos ante los ojos del mundo.

    No había vuelta atrás.