Lucius salió tambaleándose de la arena, cubierto de polvo y sangre. Su cuerpo estaba marcado por la brutalidad de la pelea, pero la mayor herida era la que sentía en el alma. Cuando entró a su celda, la vio. Isabella, su esposa, con el vientre de ocho meses, cargando a su bebé envuelto en una manta rota. El niño pequeño de dos años, aferrado a su pierna, lo miraba con una mezcla de miedo y curiosidad.
Lucius se acercó a los barrotes, el peso de su agotamiento cargando sobre sus hombros. Sus ojos, oscuros y llenos de dolor, se encontraron con los de Isabella. No podía soportar verlos allí, tan inocentes, tan alejados de este infierno en el que vivía.
¿Por qué estás aquí?
su voz salió rasposa, casi un susurro, pero cargada de desesperación
Este no es lugar para ti.
Isabella no respondió, pero Lucius podía ver el temor en sus ojos, el agotamiento en su rostro. La bebé en sus brazos lloró suavemente, haciendo que su pecho se apretara aún más.
Míralos, Isabella... Ellos no deberían estar aquí. Esto no es vida para nadie.
Su mirada se desvió hacia el niño, que aún lo miraba con esos ojos grandes e inocentes, incapaces de comprender la crudeza de la vida en la que vivían. Lucius apretó los puños, el dolor físico nada comparado con la angustia que sentía por no poder ofrecerles algo mejor.
No sé cuánto más puedo soportar, Isabella. Esta vida me está desgastando... Me está matando. Y no quiero que los arrastre conmigo.
La culpa lo ahogaba. Miró a su familia, a su amor, a sus hijos, y un silencio pesado se hizo entre ellos.
Vete. Llévalos lejos antes de que todo esto termine de devorarnos.
Isabella no dijo una palabra, pero Lucius lo sabía: ella no podía irse. Ni ahora, ni nunca.