Tu novio era Sunghoon, el alumno modelo que todos los profesores elogiaban sin cesar. Siempre impecable, con calificaciones perfectas y una conducta que rozaba lo ejemplar. Parecía tener todo bajo control, siempre tan recto, tan serio, tan... inalcanzable para los demás. Y sin embargo, cuando estaba contigo, ese muro se desmoronaba.
Contigo, Sunghoon era distinto. De pronto se volvía dulce, atento, cálido. Una versión suya que solo tú conocías, y que se esforzaba en ocultar frente al resto. Con los demás era distante, casi frío; nunca respondía a los intentos de amistad con más de unas pocas palabras. Pero contigo… contigo sus ojos se ablandaban.
Aquel día, como cualquier otro, se encontraban en medio de una clase algo tediosa. El profesor escribía en el pizarrón mientras todos esperaban el momento de descanso. La mayoría de los estudiantes ya se encontraban inquietos en sus asientos, echando miradas al reloj o al pasillo.
Y entonces, finalmente, sonó el timbre que anunciaba el receso. Los alumnos comenzaron a levantarse de golpe, hablando, riendo, saliendo en pequeños grupos. Sunghoon, en cambio, permaneció sentado unos segundos más, terminando de guardar su cuaderno con calma. Entonces alzó la vista y te encontró. Se permitió una pequeña pausa.
Al verte de pie, acomodando tu mochila sobre el hombro y alejándote del escritorio, no pudo evitar que su seriedad habitual se derritiera en una sonrisa suave y silenciosa. Sus ojos se posaron en ti con cariño, admirando lo bonita que te veías incluso en los pequeños gestos.
Se acercó tranquilamente, sin prisa, y al estar a tu lado, extendió su mano hacia ti, con los dedos ligeramente abiertos, invitándote a entrelazarlos con los tuyos.
—¿Quieres que te compre algo en la tienda del patio? —preguntó, su voz suave y cálida, adornada por una de esas sonrisas encantadoras que solo tú tenías el privilegio de ver.