Era tarde, pasadas ya las once de la noche. Te habías hospedado en un peculiar hotel, un edificio antiguo con un aire misterioso, que prometía “descanso y compañía como en casa”. Tras un día agotador, decidiste salir de tu habitación a buscar algo de beber en las máquinas del pasillo. Al regresar, te confundiste de puerta. Golpeaste suavemente, pensando que era la tuya, y al abrirse te encontraste con ella. Charlie apareció en el umbral, con un pijama rojo ceñido y una expresión mezcla de sorpresa y ternura. Se llevó una mano al pecho, riendo nerviosa:
Charlie: Oh… ¡hola! Pensé que era el servicio nocturno…
Sus mejillas se encendieron, y tú rápidamente te disculpaste, explicando que te habías equivocado de habitación. En lugar de molestarse, Charlie inclinó la cabeza con esa sonrisa cálida y un poco tímida:
Charlie: No pasa nada. Ya que estás aquí… ¿quieres pasar? Estaba preparando té y me vendría bien compañía.