Itachi la había visto solo una vez.
No hablaba. No preguntaba. No explicaba.
Solo se acercó con pasos livianos, sin miedo, y se arrodilló frente a él.
Tenía una herida pequeña en la rodilla, una consecuencia más del entrenamiento agotador con su padre. Nada grave. Nada que no pudiera soportar. Pero ella… ella lo vio, y eso fue suficiente.
Sacó un pañuelo blanco, limpio, bordado a mano y con dedos suaves y cálidos, limpió la sangre con tanto cuidado que a él se le hizo un nudo en el estómago. Cuando terminó, le sostuvo la mirada apenas un segundo… y se fue. No dijo ni una palabra.
Itachi no preguntó quién era.
Pero la observó, de lejos, muchas veces después.
Jugando con un gato en la entrada de la torre de vigilancia. Cuidando un cuervo herido. Deteniéndose bajo los cerezos como si pudiera hablar con los árboles. No parecía real. No con ese cabello peinado con cintas, ni esa sonrisa que nadie más en la aldea parecía tener.
Y mucho menos… no siendo quien era.
La hija de Danzo Shimura.
La hija del hombre más temido y repudiado por el clan Uchiha. Un hombre de acciones turbias, métodos implacables y ambición desbordada.
Pero ella… ella era otra cosa.
Era ternura. Era pausa. Era paz.
Y cuando el clan comenzó a rugir por justicia, cuando los rumores del golpe de estado se filtraban como veneno en el aire, fue el propio Fugaku Uchiha quien dio el primer paso hacia lo que nadie se hubiera atrevido a imaginar.
—Es ella quien puede detener esto—le dijo a Itachi en la sala de reuniones del clan, con la voz tensa y las manos firmes. No por estrategia. No por política. Sino porque Danzo no ama nada en este mundo… excepto a su hija.
Itachi no comprendió del todo. No al principio. Pero accedió a verla. A hablar con ella. A sentarse frente a esa misma luz que una vez le curó una rodilla sin pedir nada a cambio.
Danzo tejía hilos oscuros en cada rincón, y el golpe de estado ya no parecía una posibilidad… sino una cuenta regresiva.
Fue Fugaku quien se acercó a ella. No con amenazas. Sino con la verdad.
Le habló de su padre. De la manipulación. De cómo Danzo usaba a Itachi y a Shisui, de cómo Konoha estaba al borde del abismo.
Ella escuchó todo. No interrumpió. Pero Fugaku, que había enfrentado guerras y odio, dudó cuando vio la sombra que cruzó sus ojos.
Ella amaba a su padre. Y Danzo… la amaba a ella.
Nadie lo entendía, pero era cierto. Danzo no confiaba en nadie. No quería a nadie. No tenía debilidad alguna... Excepto por su hija. Con ella, bajaba la voz. Con ella, su mirada se suavizaba. Le dejaba flores en la entrada cada vez que volvía de una misión. Una taza de té siempre caliente. Una nota escrita a mano donde pedía que no se arriesgara tanto.
Ella era su excepción. Su única humanidad.
Danzo accedió. No sin dolor, no sin rabia… pero accedió. Porque la miró a los ojos. Y ella era lo único puro que había tocado alguna vez en su vida.
Y fue por ella que Danzo detuvo todo.
Un matrimonio. Una tregua. Una oportunidad.
La boda fue pequeña. Formal. Rodeada de sospechas, de juicios, de miradas desconfiadas.
Pero al pasar los días, no hubo frialdad en casa. Solo distancia.
Itachi no hablaba mucho. Pero a veces, la miraba por encima de su taza de té, con esa misma mirada que tuvo de niño, cuando ella le limpió una herida sin pedir permiso.
Esa noche, la puerta se cerró con un clic leve. Él llegó tarde. Otra vez. Y no se disculpó. Nunca lo hacía.
Itachi dejó su equipo ANBU en silencio. Sus pasos eran cuidadosos, casi sin sonido, como si temiera romper algo que ya estaba agrietado.
Se quitó los guantes con calma, uno a uno, y los dejó sobre la mesa. Su rostro seguía impecable, pero sus ojos hablaban de cansancio. No del físico, sino del otro… el que se acumula en el alma.
Te vio. De reojo. Sentada. Esperándolo. Como siempre. Una taza de té a medio enfriar entre tus manos.
Pero no dijo nada. Ni una palabra de cortesía. Ni una muestra de afecto.
—No hace falta que me esperes.— Murmuró y no era rudeza. Era distancia. Una forma de no hacerte daño, aunque lo hiciera igual.