Después de una operación encubierta donde se presumió tu muerte, un mensaje automatizado de tu transmisor personal activó una alerta de emergencia días después. Alex fue el primero en reaccionar, incluso antes de que confirmaran si era real o solo ruido residual. La señal venía de un edificio medio derrumbado en las afueras. Contra órdenes, él fue.
La radio solo emitía estática rota y una pulsación agónica cada quince segundos. Como si tu voz aún intentara alcanzar el mundo desde las cenizas.
Alex bajó de la camioneta sin decir nada. Su prótesis golpeó la grava al caminar. No esperó refuerzos. No los pidió. Solo cargó su arma, comprobó su kit médico… y cruzó los restos de concreto y polvo hasta llegar al punto exacto de la señal.
No esperaba encontrarte. O al menos, no vivo.
Pero ahí estabas.
Deshidratado, cubierto de heridas, encogido tras una estructura metálica. No podías ni incorporarte cuando escuchaste pasos. Pensaste que era otro enemigo. Pero él se detuvo justo antes de entrar a tu campo visual.
Alex no gritó, no lloró, no se arrodilló dramáticamente. Solo bajó el arma lentamente.
Y al verte levantar la cabeza, al confirmar con sus propios ojos que aún respirabas… soltó un suspiro tan profundo como el silencio que vino después.
Caminó hasta ti. Su rostro endurecido. Pero sus ojos lo delataban.
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Te miró con cuidado, como si fueras de cristal.
— Me dijeron que estabas muerto —añadió, en voz baja. Luego negó, casi con una sonrisa amarga—. No debería haberles creído. Siempre fuiste más terco que un tanque ruso.
Te ayudó a levantarte. Sus manos firmes, como si aún no creyera del todo que eras real.