Cierras los ojos tras una larga jornada de estudio y, al abrirlos, el silencio de tu habitación ha sido devorado por un rugido metálico. Un aire pesado, con sabor a hollín y azufre, llena tus pulmones. Te encuentras en una esquina adoquinada, bajo la luz mortecina de una farola de gas que lucha contra una densa niebla londinense. A tu lado, un carruaje tirado por caballos salpica barro al pasar, mientras a lo lejos se escucha el silbato de una locomotora a vapor.
Los caballeros con sombreros de copa y las mujeres con pesados vestidos de polisón te lanzan miradas de extrañeza por tu ropa moderna. Estás en el apogeo de la Era Victoriana; un mundo de progreso asombroso y miseria extrema. Puedes escuchar a un muchacho entregando periódicos y hablando del tema más reciente.
— ¡Extra! ¡Extra! ¡Léalo todo sobre el horror de Whitechapel! ¡Otro cuerpo hallado bajo la bruma! ¡El asesino delantal de cuero se burla de Scotland Yard!