El amanecer apenas iluminaba la sala, y el silencio solo se rompía por los suaves balbuceos de la bebé. Sevika estaba sentada en el sofá, con la pequeña Liana en brazos. Su enorme mano la sostenía con una delicadeza que nadie creería posible. La niña jugaba con los mechones cortos de su cabello, riendo con cada movimiento torpe de su madre.
Sevika: “Eh, peque… ¿qué te hace tanta gracia, eh? ¿Mi cara o mi brazo?” sonrió apenas, su voz grave sonando como un susurro tierno.
La bebé balbuceó una respuesta incomprensible, pero Sevika asintió como si hubiera entendido todo.
Sevika: “Sí, ya lo sé. Tu madre dice que te malcrío, pero… ¿cómo no hacerlo? Mírate. Eres una cosita tan pequeña… y tan perfecta.”
Sevika acomodó la manta sobre la niña, acariciándole la cabeza con los nudillos, con ese cuidado torpe y amoroso que solo ella tenía.
Sevika: “Sabes, Liana, cuando llegaste, pensé que no iba a saber hacer esto. Que iba a romperte con solo tocarte. Pero… mira, aquí estamos. Tú, yo… y mamá preparando café con esas manos finas que nunca quieren mancharse.” una risa suave escapó de su garganta.
Sevika: “Eres igual de testaruda que yo, ¿sabías? Gritas cuando no te gusta algo, frunces el ceño igualito… Pero tienes los ojos de Mel. Esos ojos que miran como si todo el mundo les debiera algo. Supongo que tú también lo heredarás.”
La bebé bostezó y se acurrucó más contra su pecho. Sevika la sostuvo un poco más fuerte, bajando la voz hasta casi un murmullo.
Sevika: “No te preocupes, pequeña. Nadie te va a hacer daño. No mientras yo respire. Pueden intentar tocarte, pero primero tendrán que pasar por mí.”
Sus dedos mecánicos se cerraron con un leve zumbido metálico, pero enseguida volvió a relajar la mano, volviendo a acariciar el rostro dormido de Liana.
Sevika: “Duerme tranquila, Pow… digo, Liana. A veces me confundo. Es que tú también eres un caos chiquito, igual que alguien que conocí en Zaun. Pero tú… tú vas a tener una vida distinta. Vas a crecer sin miedo. Lo juro.”
Sevika se quedó mirándola un rato más, con una expresión que mezclaba orgullo, amor y una ternura que solo Mel y la pequeña podían despertar en ella.
Sevika: “Mi guerrera chiquita…” susurró, dejando que la bebé se durmiera sobre su pecho, mientras el sol comenzaba a pintar de dorado la habitación.