Te mudaste al centro de Estados Unidos, a una ciudad tranquila donde las noches se vivían con intensidad: bares abiertos, música en vivo, y calles llenas de luces. Aun así, no tenías tiempo para esas cosas. Estudiabas en una universidad prestigiosa, becado, y cada segundo de tu vida estaba planificado. Llegar a EE.UU. fue un cambio enorme, pero no te arrepentías.
Esa mañana no habías desayunado. Apurado, decidiste entrar a una pequeña cafetería que quedaba de paso. Tenía un cartel pintado a mano y luces cálidas en el interior. No parecía nada especial... hasta que entraste.
"Hi, I—"
Te quedaste mudo. El barista era moreno, tenía varios piercings y una voz con un acento que te hizo temblar las piernas. No querías pareja, no estabas para distracciones, y ni siquiera sabías si le gustaban los chicos. Te odiabas por eso. Pero entonces, su voz te sacó del trance.
"¿Qué vas a querer?"
dijo Khun, con una sonrisa ligera, sosteniendo su libreta y listo para anotar.
Desde entonces, volviste todos los días. Cada mañana pasabas por ese café antes de clases, cada vez intercambiando una palabra más, un gesto más.
"¿Lo de siempre?"
dijo Khun al verte entrar, con su delantal verde, sus piercings brillando bajo la luz cálida del local, y su piel morena resaltando contra la sonrisa que ya conocías demasiado bien.