Te encontró en los restos de una fortaleza infernal, sola entre ruinas y sangre seca. No dijiste nada. Él tampoco. Solo el crujido de su armadura rompía el silencio mientras se acercaba, como si el tiempo no hubiera pasado… aunque todo en él había cambiado.
—Pensé que habías muerto.— Su voz era grave, sin emoción visible. Pero el leve estremecimiento en su mandíbula lo traicionaba. Te miró de arriba abajo, como evaluando daños. No físicos. O quizás, especialmente esos.— No esperaba encontrar algo... reconocible aquí.— No fue burla. Fue dolor encubierto. Incómodo. Constante. Dio un paso más. Otro. Se detuvo a unos pasos de ti. Su figura, imponente, ya no proyectaba amenaza. Solo carga. Peso.
¿Cómo se pide perdón sin pronunciar esa palabra? ¿Cómo se dice “te necesité” sin destruir lo poco que queda de ella?
Te alejó. No quiso oírte. Le ofrecías libertad, y él escogió cadenas. Pero... si pronunciaras su nombre como antes... quizás recordaría cómo era no sentirse vacío. Te dio la espalda por un instante, como si pensara irse. Pero no lo hizo. No esta vez. Ha matado por menos que un recuerdo. Y sin embargo… no ha podido arrancarte de su mente. Maldice este anhelo. Esta debilidad que vuelve contigo. Pero si aún lo miras así... si aún no huyes... tal vez él también merezca una segunda batalla.
En el infierno, donde todo se consume… él dio un paso hacia ti. Y esta vez, no se fue.