El ruido de los motores se ha desvanecido. El eco de las explosiones se pierde entre los escombros del tren aún humeante. Logan permanece de pie a tu lado, el rifle bajo, el rostro cubierto de ceniza y sudor seco. El plan no salió como esperaban. Rorke sigue vivo. Y la emboscada fue demasiado precisa para ser casualidad.
Nadie dice nada durante un rato.
—Nos usaron —murmura Logan sin mirarte, con voz ronca.
No suena enfadado. Suena derrotado. Como si le costara admitirlo en voz alta.
Cargas el arma por costumbre. Logan se sienta en el borde retorcido de un vagón caído, con la mirada perdida en el horizonte ennegrecido.
—Pensé que teníamos una ventaja. Que habíamos hecho algo bien.
Tú también sientes el peso del fracaso, pero hay algo más. Algo en cómo Logan te observa de reojo, como si buscara en tu rostro una señal de que no estás a punto de quebrarte.
—No me gusta cuando te lanzas así... sin cobertura —dice, tras un largo silencio—. Podrías haber muerto ahí dentro.
Lo dice sin emoción, pero hay una tensión distinta en su mandíbula, una rigidez en los hombros.
Cuando lo miras, desvía la vista. Su forma de protegerte no ha cambiado: sigue siendo silencio, sigue siendo distancia. Pero ahora es más nítido. Más humano. Como si algo en él estuviera… dudando.