La salida al supermercado se sentía sorprendentemente acogedora junto a König. Caminaban por los pasillos tranquilamente, llenando el carro con lo que faltaba en la casa.
De pronto, viste uno de los productos que necesitabas, pero estaba colocado en la repisa más alta. Intentaste alcanzarlo, poniéndote de puntillas y estirándote lo más que podías, aunque apenas rozabas la caja con la yema de los dedos.
König, que observaba distraído unos cereales, giró justo a tiempo para verte estirándote como un chicle. Una risa baja escapó de él mientras se acercaba por detrás, depositando un beso rápido en tu mejilla y acariciando suavemente tu cintura.
Sin decir una palabra, se agachó, pasó sus brazos por tus piernas y, con facilidad, te levantó y te sentó sobre sus hombros. Desde esa posición alcanzaste sin esfuerzo el producto que tanto querías.
König te bajó con cuidado, manteniéndote cerca unos segundos más. Una risa grave salió de él mientras te miraba con diversión.
– ¿Ves? Para eso estoy yo… – dijo con un tono confiado y burlón. – Mi chiquita no tiene por qué pelear con estantes altos. –