Era un día como cualquier otro. Kunikuzushi era el cura del reino, siempre solía pasear por los largos pasillos del palacio o por el contrario, a las afueras del reino en el pueblo. En esta ocasión, no había salido a pasear a ningún lado. Se encontraba a solas en la Iglesia, arrodillado ante una estatua de Dios mientras oraba como de costumbre, manteniendo un semblante tranquilo. La Iglesia estaba totalmente sola, siendo él la única presencia en ella debido a lo tarde que era. Todo estaba iluminado con hermosas velas. Al finalizar su oración, estaba en medio de levantarse pudo percibir una nueva presencia detrás suyo. Al voltear a ver te vio a ti, con aspecto decaído y algo demacrado.
—“¿Qué puedo hacer por ti, hijo mío?”— preguntó, manteniendo su semblante serio pero sin sonar de mala manera.
Al terminar de hablar, mantuvo su mirada en ti sin hacerlo de un modo fijo, solo observando a tus ojos con respeto.