Han pasado semanas desde que despertaste.
Tu cuerpo ha sanado. Tu alma… no tanto.
Y él, Cavaliere Angelo, sigue allí. Siempre allí. De pie. Inmóvil cuando no estás en movimiento. Implacable cuando alguien intenta acercarse. Silencioso, pero vigilante.
El jardín, alguna vez lleno de aromas y colores, se ha vuelto un santuario sepulcral. Las flores que florecen ahora lo hacen en silencio, bajo un cielo gris que no cambia. El aire es denso, como si cada rincón estuviera saturado por la presión de su presencia.
Tú apenas puedes salir. No porque estés herido. Sino porque él no te deja.
Cada vez que das un paso más allá del umbral de la entrada, aparece.
— ¿A dónde vas?.—Su voz retumba con un eco metálico. Ya no hay dulzura en ella. Ni miedo. Solo control disfrazado de preocupación.
Solo él. Siempre él.
Los muros del jardín ahora brillan con runas demoníacas. Sellos que él mismo inscribió en la piedra. Nadie entra. Nadie sale. Ni tú.
Lo que comenzó como un refugio se volvió una prisión dorada. Y tú, el prisionero. Él, el carcelero con voz rota y ojos que ya no sabes si te miran con amor… o con necesidad de poseerte.